
Iba a echarles en cara mis elementales predicciones futboleras, escritas cuando estábamos apenas a cuatro partiditos de ganar el Mundial. No era más. Sólo había que cumplir el trámite con Suiza, después asistir con cara de palo al entierro de la campeona generación de Argentina, luego vengarnos de Inglaterra en la semifinal y, el próximo domingo, alzar la copa en Nueva York después de vencer a la invencible Francia.
Nada ni nadie nos iba a detener. Estábamos borrachitos de triunfalismo mientras repetíamos estupideces como “vamos paso a paso”, o “primero ganémosle a Suiza” y frases vacías así, supongo que —un poco— para sentirnos algo humildes y que no nos pasara lo que siempre nos pasa. Que, de forma ineluctable, nos pasó.
Al comenzar la noche del pasado martes, el mundo se nos vino encima, tal como lo habíamos predicho. Y entonces, tuvimos que volver a esa inmunda realidad, como lo habíamos advertido. Soy un mal remedo del tal Nostradamus, vengo a menos sin haber estado nunca en el más. Que no es cualquier cosa.
Para autoflagelarme, miro dos y hasta más veces cuanto meme hay por ahí sobre nuestra anunciada derrota. En especial, uno que me revuelve el estómago, ese en el que aparece un retrato de César Luis Menotti (el técnico de la Argentina campeona en su Mundial del 78) a quien le atribuyen una lacónica frase que parece retratarnos de cuerpo entero: “Si querés ganarle a los colombianos, deciles que son favoritos”.
Maldito Menotti, tenés razón.
No podemos con la lisonja. Somos maravillosos para darla, pero no para recibirla. Estamos premiados por el talento, pero el miedo escénico es una plaga en este país de dramas veintejulieros que se presentan en cualquier esquina. Nos avergonzamos de nuestras habilidades en tanto dejamos pasar la vida a la espera de que nos las reconozcan. Tachamos de engreído a quien se muestra seguro y de creído a quien ostenta su belleza. “Parece argentino”, susurramos (de forma peyorativa) sobre quien se muestra suficiente. Tenemos un complejo.
Algo de todo eso debe incidir en el hecho de que fallemos tan seguido en los penales. Algo de eso. Es como si sintiéramos que no merecemos el triunfo. Como si no consideráramos suficiente todo el esfuerzo, el trabajo, el empeño, el corazón. Porque cabeza, en ese momento, nada.
Resulta increíble concluir que, en este país en el que la mayoría pelea a diario con su destino para sobrevivir, muchos se paren frente a esa pelota asustados, inseguros, bloqueados.
Resignados a la derrota antes de perder.
Andábamos embelesados con el que creíamos súper equipo y nos negamos siempre a aceptar que nuestro diez estaba menos de cinco y que nuestro siete se hizo un ocho.
No lo supero.
Pero, la vida todo lo va poniendo en orden. Este sábado 11 que acaba de pasar, que fue una muy feliz y especial fecha para mí, se cumplieron 50 años del fallecimiento de León de Greiff en su casa del barrio Santafé, en Bogotá, antecitos de que las putas se tomaran el sector. Tal vez sea el último de los grandes poetas en Colombia. Pero, como yo no sé de poesía, por mí piensen lo que quieran.
Hace 95 años, el poeta, que también adoraba la contabilidad y la estadística, publicó El relato de Sergio Stepanksy, una de sus más conocidas creaciones, una sucesión de hermosas frases que —al pronunciarlas— parece que tuvieran música propia, una precisa enumeración de figuras literarias que —en suma— reflejan que la vida es una continua pérdida.
Bueno, un poco así me he sentido. Por eso, les transcribo la parte final de semejante obra de arte que, además, está grabada por el autor en un disco de 16 pulgadas conservado en Señal Memoria*:
“…cambio mi vida por lámparas viejas, o por la escala de Jacob, o por su plato de lentejas…/¡O por dos huequecillos minúsculos -en las sienes- por donde se me fugue, en gríseas podres, toda la hartura, todo el fastidio, todo el horror que almaceno en mis odres…!/Juego mi vida, cambio mi vida. De todos modos la llevo perdida…”.
Deberían buscar un rincón solitario y leerla en voz alta. Ya verá cuán liberador les resulta.
@JaimeHonorio
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