
Esclavismo ‘moderno’
Estando en el raudal del Quinché vi un hombre solo, en una pequeña canoa de madera de una sola pieza, que bajaba por el río con un imponente remo. Y cada vez que entraba al agua producía un sonido ‘hueco’, una especie de pequeño eco que hacía aún más suave la entrada de la madera en el agua, y facilitaba el impulso de la embarcación. Lo miré asombrado: me parecía poesía pura esa combinación de suavidad y potencia al deslizarse en el caudal, y él, ‘sembrado’ en la canoa, iba sonriendo, mientras cantaba una canción en lengua miraña. Pregunté a mi compañero y me dijo: “es el viejo Ropegua”.
Supe desde ese día que era uno de los últimos viejos del grupo, y cuyas palabras están lingüísticamente diferenciadas de la lengua arawak del nororiente del Amazonas, pero es vecina de la de los Uitoto, los Bora y los no contactados, Yuri y Passè. Los Miraña, oriundos del rio Pamá y las cuencas media y baja del Cahuinari, habían sido uno de los grupos golpeados duramente por los caucheros peruanos. Ropegua, un sobreviviente del genocidio cauchero, era una muestra de la resiliencia de los pueblos indígenas amazónicos, y su canto traía la memoria de generaciones enteras viviendo en esa selva.
Con el paso de los años nos fuimos conociendo y sosteniendo largas conversaciones en su pequeña maloca, donde vivía con sus pequeños hijos y su esposa cerca de la desembocadura del Caño del Sol. Le llamaba la atención la cartografía que yo llevaba en ese entonces, con las primeras imágenes de satélite que teníamos sobre esa zona del país, a principios de los 90. Una vez se ubicaba, empezaba a recitar todos y cada uno de los nombres de los caños que había a lado y lado del río Caquetá, desde Araracuara hasta La Pedrera, y luego ‘entraba’ a describir en los ríos Cahuinarí y Pamá. Y no solo los caños, sino los ‘salados’, las trochas prehispánicas bajo la selva, los rastrojos de chagras abandonadas durante la cauchería por cada familia, la ubicación de las antiguas malocas y hasta el mínimo detalle de ese extenso territorio (que habían descrito los exploradores Whiffen y Robouchon, para Inglaterra y la Casa Arana entre los años 1905 y 1907) con un detalle que tristemente hoy no se recoge en ninguno de los pobres mapas oficiales del territorio amazónico.
La mayoría de las pocas familias que habían sobrevivido a la cauchería se asentó sobre el río Caquetá, entre el quebradón del Metá hasta las bocas del Mirití. Empezaron su recuperación cultural y demográfica en los últimos 30 años, impulsadas por el reconocimiento de sus territorios a través de los resguardos, y posteriormente con ese persistente trabajo para lograr la constitución de las Entidades Territoriales Indígenas. Los hijos de Ropegua se habían formado con profundidad en los temas culturales propios, y también habían avanzado en la comprensión del mundo “blanco”. Y en una relación cercana con los funcionarios de Parques Nacionales, habían creado el primer modelo en Colombia de manejo intercultural de un territorio traslapado entre un resguardo y un parque nacional, bajo el liderazgo del tradicional capitán Boa.
Cuando todo parecía ir bien para este territorio, que constituye la base de la conectividad de la gran planicie amazónica con la región de Chiribiquete, además de las estribaciones del escudo guayanés en el Apaporis y hacia el piedemonte, aparecieron como un enjambre las disidencias de las Farc, en toda su diversidad, ferocidad y violencia contra estas poblaciones. Esta zona del país es hoy el epicentro de una movilidad y repliegue de todos los grupos armados posibles, que tienen su corredor de comercio de oro, narcotráfico (marihuana y coca) y entrada de armas, por cuanto río y trocha hay en la extensa frontera.
Por supuesto, además de indígenas pacíficos, que no usan ‘guardia’ sino ancianos sabedores, y del conocimiento detallado de su geografía, la oportunidad que encontraron los grupos armados para reclutar menores indígenas ha sido brutal. Decenas de muchachos y muchachas nativos han sido reclutados, sacados de sus casas y malocas para, además de combatir, servir de guías en la selva, ubicar trochas y varaderos que permitan evadir la presión del Ejercito y generar presión sobre las comunidades, que, al tener sus hijos entre las filas, tienen que servir como soporte logístico a los perpetradores.
Hace unos días, supe que al viejo Ropegua le habían secuestrado dos nietos —uno de ocho años y otro de seis— para llevárselos a su esquizofrénica guerra. El abuelo salió en su canoa, ubicó a los secuestradores y, exponiendo su vida, logró rescatar a los niños. Hoy, Ropegua no sabe dónde vivir, pues conoce el enorme riesgo que corren sus vidas a cada momento que permanecen en el territorio. Esta historia se ha repetido por todos los ríos amazónicos, incluyendo el Mirití, el Apaporis, el Pirá, el Putumayo, el Yarí, el Isana, el Vaupés, el Cananarí y cien más. Abuelos, padres, madres, están aterrados, asustados, escondiendo sus niños o sacándolos a algún ‘pueblo’ o cabecera donde creen que están menos vulnerables.
El éxodo recuerda la barbarie cauchera, donde el terror de los esclavistas casi acaba con las tribus amazónicas, de las cuales hoy Colombia depende gran parte de su seguridad climática gracias a ese manejo tradicional de la selva que están a punto de arrebatarnos. ¿Existe alguna manera de evitar que esta barbarie continue? ¿Hay manera de hacerlo sin generar daño en las victimas? ¿Hay política posible de recuperación territorial sostenida que no dependa de operaciones militares aisladas?
La protección de nuestras selvas empieza por la protección de nuestras poblaciones indígenas. Una acción sin daño se requiere, de manera rápida, efectiva y sostenida, pues estamos a punto de perder la última generación de nuestros ancestros y guardianes del patrimonio ambiental.
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