
Las democracias no solo se defienden en las urnas, en los tribunales o en los congresos. También se defienden en los salones del colegio. Es allí donde una sociedad prioriza si quiere formar personas capaces de convivir con la diferencia, ciudadanos con pensamiento crítico o consumidores de información. En una época marcada por la Inteligencia Artificial, quizá esa sea la pregunta más importante de todas: ¿qué significa, en realidad, educar seres humanos?
Esa pregunta atravesó un importante encuentro organizado recientemente en Bogotá por la Secretaría Distrital de Cultura, Recreación y Deporte y la Organización de Estados Iberoamericanos (OEI), en el que especialistas de diez países discutieron el papel estratégico de la cultura para el desarrollo sostenible. Uno de los ejes de la reflexión fue una investigación coordinada por Marián López Fernández Cao, publicada por la OEI con el título: ‘El poder transformador de la educación artística y cultural’. Después de revisar 95 investigaciones internacionales, el estudio llega a una conclusión que debería modificar nuestra manera de entender las políticas públicas: la educación artística y cultural no constituye un complemento del currículo escolar ni un privilegio reservado a algunas sociedades. Es un derecho humano y cultural y una condición para construir democracias más sólidas, ciudadanos más creativos y comunidades más cohesionadas.
La conclusión es especialmente pertinente en un mundo donde la Inteligencia Artificial transforma aceleradamente la producción del conocimiento, la circulación de la información y la creación cultural. Nunca como hoy había sido tan fácil acceder a millones de datos y, al mismo tiempo, tan difícil distinguir entre información y conocimiento, entre evidencia y manipulación, entre comprender y simplemente repetir. Por eso, la cultura ha dejado de ser un asunto periférico. Hoy es uno de los principales escenarios donde se disputan los valores que orientan nuestras sociedades. En ella se enfrentan la democracia y el autoritarismo, la inclusión y la exclusión, la memoria y el olvido. Las llamadas guerras culturales son, en realidad, disputas sobre la manera como una sociedad decide comprenderse a sí misma y educar a las nuevas generaciones.
En Sin fines de lucro, Martha Nussbaum advierte que las democracias corren el riesgo de formar excelentes profesionales para competir en la economía, pero ciudadanos cada vez menos preparados para comprender al otro y vivir en colectivo. Cuando la educación se reduce exclusivamente a la productividad, termina debilitando precisamente aquellas capacidades que hacen posible la vida democrática.
Las conclusiones de la OEI dialogan plenamente con esa advertencia. La evidencia demuestra que la educación artística fortalece la creatividad, el lenguaje, la memoria, la atención, la cooperación y las habilidades socioemocionales. Dicho de otra manera, no solo mejora la educación, la humaniza.
Bogotá ofrece un ejemplo alentador. Durante más de una década, cerca de 300.000 niñas, niños y jóvenes han participado en procesos permanentes de formación musical impulsados por la Orquesta Filarmónica de Bogotá en colegios públicos, centros filarmónicos, hospitales y espacios comunitarios. Allí no solamente se aprende a interpretar un instrumento. Se aprende a escuchar. Y escuchar constituye una de las capacidades más profundas de la democracia.
Cada ensayo enseña que ninguna sinfonía puede construirse escuchándose únicamente a uno mismo. Cada concierto demuestra que la armonía nace de la convivencia de voces diferentes. Esa experiencia posee un enorme valor pedagógico en una época marcada por la polarización y el ruido permanente de las plataformas digitales.
Sin embargo, George Steiner señaló que la cultura, por sí sola, no inmuniza contra la barbarie. Es posible admirar una obra de Bach o Rossini y, al mismo tiempo, participar de la violencia. Precisamente por eso la educación artística y cultural resulta indispensable: porque no consiste únicamente en transmitir obras, técnicas o información, sino en formar la sensibilidad ética con la que nos relacionamos con los demás.
La gran batalla cultural del siglo XXI se librará, sobre todo, en los colegios. Allí decidiremos si queremos formar consumidores pasivos de tecnología o ciudadanos capaces de darle sentido humano al futuro. Allí es donde comprenderemos que la cultura no es un complemento de la educación. La cultura es, en esencia, la educación misma.
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