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Federico Díaz Granados
Puntos de vista

Regresar a los mitos

“Primero estaba el mar” es el comienzo del Poema de la creación de los koguis y quizás el comienzo de los que somos ahora. Desde aquel primer poema, o desde el Vuelo de las tijeretas de los U¨wa o el Yuruparí, ya había unas palabras que nos imaginaban desde el pasado. Fueron los primeros poemas, los primeros mitos que nos definieron. 

Las palabras estaban antes que los mapas y ya nombraban las cosas por primera vez. Quizás por eso la creación de Macondo se parece tanto al verdadero comienzo del mundo: “El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo”. Ya nuestras primeras palabras celebraban el equilibrio entre el ser humano y la naturaleza y cantaban y narraban epopeyas fundacionales sobre el origen. Siempre el ser humano formulando grandes preguntas para ser respondidas desde la poesía o la ciencia. La poesía tiene la posibilidad de ir más allá, de escarbar un poco más allá del temblor y el latido. 

Después de aquellos poemas iniciales llegaron los cronistas de Indias y con ellos los primeros asombros alrededor de un territorio exuberante, multicolor e inverosímil donde convivían montañas infinitas, ríos insondables y selvas llenas de misterio que ya anunciaban los que unos siglos después se llamaría el realismo mágico. Gabriel García Márquez lo recordaría en su discurso La soledad de América Latina, pronunciado en Estocolmo en diciembre de 1982 al recibir el premio nobel de Literatura: “Este libro breve y fascinante, en el cual ya se vislumbran los gérmenes de nuestras novelas de hoy, no es ni mucho menos el testimonio más asombroso de nuestra realidad de aquellos tiempos. Los cronistas de Indias nos legaron otros incontables. El Dorado, nuestro país ilusorio tan codiciado, figuró en mapas numerosos durante largos años, cambiando de lugar y de forma según la fantasía de los cartógrafos”. 

El destino trágico que hemos tenido y de cierta manera el fracaso como nación ha encontrado en la imaginación un verdadero sustrato y también refugio. Sobrevivimos a los golpes de la historia con entusiasmo e imaginación. Allí están la literatura, las artes, la música, el teatro, el cine, la televisión e incluso el deporte como lugar seguro para la conversación y el reencuentro. 

El periodo de la Colonia demostró que la fuerza del barroco también podía florecer bajo el cielo americano y gracias a las voces de la madre Josefa del Castillo, Hernando Domínguez Camago y Juan Rodríguez Freyre, el castellano más potente siembra sus primeras semillas de lo que hoy es el español. De igual forma, la Independencia fue el escenario de esplendor del romanticismo americano en el que la libertad daba respuestas a un país que apenas aprendía a nombrarse. 

La muerte de José Asunción Silva el 24 de mayo de 1896 fue no solo el comienzo de su leyenda personal, sino el nacimiento de nuestra modernidad. Los versos de Gotas amargas fueron precursores de los que décadas después Nicanor Parra vendría a llamar la ‘Anti poesía’. La novela De sobremesa nos entregaba las claves de una sociedad decadente a través de los diarios y las correspondencias y la música del Nocturno vendría a fundar una música en la poesía escrita en español para siempre. 

Mientras tanto, otros artistas seguían inventando Colombia desde otros lenguajes. Ricardo Acevedo Bernal, Epifanio Garay, José María Espinosa y Andrés de Santa María, entre otros, fueron construyendo un rostro para la nación mucho antes de que existiera la fotografía y la Expedición Botánica de José Celestino Mutis había demostrado ya que la ciencia también podía ser una forma de belleza a través de aquellas láminas donde cada hoja era dibujada con una precisión conmovedora. Así nuestra flora y paisaje tropical fueron también nuestra primera galería de arte. 

El siglo XX aceleró esa conversación. José Eustasio Rivera hizo que La vorágine nos obligara a mirar la selva no como un paisaje exótico sino como un personaje inmenso y devastador. Y Luis Vidales, con Suenan timbres, daba un portazo para siempre a una vieja retórica de la poesía abriendo así las puertas a la modernidad continental. Por su parte, Débora Arango desafió la moral de su época pintando aquello que muchos preferían ocultar, Alejandro Obregón condensó en Violencia uno de los dolores más profundos de nuestra historia y Fernando Botero transformó un lenguaje absolutamente personal en una de las imágenes más reconocibles de Colombia en el mundo.   

La música terminó de hacer el resto. La leyenda de Francisco el Hombre anunció que el vallenato sería una forma de juglaría que nos haría universales, mientras las grandes orquestas de Lucho Bermúdez y Pacho Galán llenaron de alegría los salones de baile y, de igual forma, Delia Zapata Olivella y Sonia Osorio hicieron de la danza otra forma de la poesía sobre el escenario. También el teatro nos permitió leernos desde la escena y gracias al teatro moderno del TEC de Cali y La Candelaria en Bogotá, entre otros, supimos también interpretarnos como una nación fracturada y adolorida. 

Sin duda, si tocara que señalar un instante en el que Colombia se inventó a sí misma en el imaginario universal es en 1967 con la publicación de Cien años de soledad. García Márquez comprendió que la historia de un pequeño pueblo perdido entre ceibas y almendros y que buscaba el camino para encontrar el mar podía contener todas las grandezas, miedos y miserias de la condición humana. Macondo dejó de ser un lugar para convertirse en un territorio donde convivían la memoria y el olvido, el amor y la guerra, la ciencia y la superstición, la risa y la tragedia. Desde entonces, millones de lectores en decenas de lenguas comenzaron a imaginar Colombia a través de esas páginas llenas de poesía.  

Asimismo, las crónicas de Germán Castro Caycedo siguen descubriendo nuestra geografía y los grandes asuntos que siguen abriendo grietas como nación. Y La estrategia del caracol termina con una lección sobre la dignidad humana que todavía sigue haciendo eco entre muchas generaciones de colombianos. Por su parte, telenovelas como Café con aroma de mujer Yo soy Betty la fea fueron la puerta de entrada de millones de televidentes en todo el mundo a nuestra manera de hablar y habitar el español. 

Por eso, más allá de las fracturas que tenemos como país, vuelvo y me refugio en las primeras palabras, en los mitos fundacionales que dieron paso a nuestro origen como país y donde siempre nos podemos reencontrar como un lugar seguro para propiciar conversaciones necesarias. La cultura es el verdadero hilo que nos mantiene cohesionados en medio de las profundas diferencias. Quizá un país sea, ante todo, una eterna conversación que atraviesa el tiempo en la que las expresiones culturales y artísticas nos permiten imaginarnos e imaginar un posible destino común. 

Por eso, ahora que tantos hablan de refundar la patria, estoy convencido de que un país muere cuando se extinguen sus relatos, su historia y su memoria. Regresar a los mitos es regresar a la voz de todos los que nos precedieron y que encontraron las palabras precisas para nombrar por primera vez lo que somos. Nosotros somos el resultado de ese inmenso relato que han escrito tantos durante siglos. “Primero estaba el mar” seguirán siendo las palabras iniciales. A lo mejor también serán las últimas que se pronunciarán en la última noche del mundo. Siempre en nuestros mitos nos reencontramos porque allí han estado y permanecerán para abrazarnos y salvarnos de nosotros mismos. 

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