
El nuevo Gobierno ha anunciado que pronto comenzarán de nuevo las fumigaciones de los cultivos de coca. Ha dicho que lo hará con un producto que no causa daño alguno a la salud humana y ambiental, pero no ha dado información que garantice que así sería. Me temo que cuando se conozcan los detalles habrá una gran controversia técnica y jurídica sobre la conveniencia y validez de su uso. Creo que será una imposición de Trump, para mostrar que está luchando contra las drogas. Guerra que después de 50 años causando muchas muertes, serios daños ambientales, graves perjuicios a la salud de las comunidades en las zonas de aspersión, despilfarro de billones de dólares (por parte de Estados Unidos y Colombia) ha sido un fracaso rotundo: la demanda por cocaína aumenta año tras año, y hoy en el mundo hay 25 millones de consumidores habituales. La solución, repetida muchas veces por expertos, es invertir en prevención y en el tratamiento de la adicción como un problema de salud, y en combatir la distribución y el lavado de narco dólares en las naciones donde ese negocio es multimillonario.
El anterior contexto es para insistir, una vez más, en que la mejor solución desde el ángulo de la oferta no es la fumigación: es la sustitución de cultivos. En Colombia ya se ha hecho en varias zonas —por ejemplo, en el Catatumbo, en Arauca y Tumaco. ¿Por qué en vez de hacer daño con la aspersión no se invierte ese dinero y ese gran esfuerzo en reemplazar los cultivos de coca —de cuyo sustento dependen un millón de colombianos— por buenas alternativas agrícolas?
Le pregunté a conocedores del tema y a la Inteligencia Artificial cuántas hectáreas de coca (actualmente 260.000 en total) podrían ser sustituidas por otros cultivos, y éstas son sus respuestas: 25.000 por aguacate, 30.000 por banano, 40.000 por café, 40.000 por palma africana, 60.000 por reforestación de maderables y 100.000 por cacao —o sea una cifra superior, por 45.000 hectáreas, a la necesaria para reemplazar por completo a los cultivos de coca.
No es fácil hacer lo que propongo, pero es lo correcto —tanto desde el punto de vista ético como desde la perspectiva de eficacia sostenible. Es una tarea difícil para la que no se necesitan milagros sino voluntad política, solidez institucional, liderazgo y un gran trabajo en equipo con las comunidades involucradas. Colombia, con la ayuda financiera y técnica de la cooperación internacional, puede y debe escoger esta opción.
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