
Yo conocí a un señor muy rico que todos los 31 de diciembre se ponía bravo porque al día siguiente le tocaba aumentar los sueldos por el alza del salario mínimo. Entonces yo lo cuestionaba diciéndole que por qué se molestaba por eso, si él no sabía qué hacer con tanta plata que tenía. Y no es que fuera mala persona; la gente lo quería y hacía obras sociales importantes. Pero tenía un defecto: era tacaño. Y el problema de los tacaños es que, sin quererlo, hacen que el dinero no se irrigue y la economía no avance.
Pero la economía también sufre con comportamientos cotidianos que son síntomas de la tacañería: cuando le pedimos rebaja a la mujer que vende aguacates en la calle; cuando generamos un trancón en un semáforo mientras esperamos que el que nos vendió alguna fruta o un periódico nos dé las vueltas; cuando le damos unas monedas al que nos cuida el carro sin tener en cuenta que está afuera, a sol y lluvia, trabajando hasta tarde, o cuando vamos a un restaurante, pedimos lo más costoso de la carta y al final nos quejamos de la propina porque se nos hace carísimo ese 10 por ciento adicional. Tenemos la posibilidad de dar más, pero caemos en el error de darle valor únicamente al producto y no valorar el servicio que nos presta un ser humano.
Además de la tacañería, hay otros comportamientos que tienen que ver con la falta de cultura ciudadana. Me refiero a actitudes como pensar que dar trabajo es hacer un favor; a acciones como encender las plumillas del carro cuando un muchacho se acerca a limpiar el parabrisas; a quienes creen que es una obligación que los atiendan y cuando un mesero se acerca a la mesa, ni lo determinan. Suponer que las personas están obligadas a servir, y luego tratarlas con displicencia, es maltrato. Pero si miramos a la gente a los ojos, la tratamos con respeto y le damos las gracias, con ese comportamiento empezamos a cambiar la forma como nos entendemos. El ambiente de convivencia dará un vuelco total cuando seamos capaces de erradicar esas actitudes poco cultas para establecer un trato digno y humano con quienes interactuamos diariamente.
Cuando uno tiene la oportunidad de relacionarse con tantas personas que luchan por ganarse la vida, y compara su situación con la de la gente que tiene estabilidad y buenos ingresos, entiende que hay que modificar las costumbres con los que trabajan muy duro pero ganan poquito. Y comprende que distribuir el ingreso no es comunismo ni socialismo; distribuir el ingreso diariamente, de todas las formas posibles, con los más sobados y, sobre todo, con amabilidad, educación y gratitud, es ayudar a construir un país más asequible donde el dinero circule, la economía se mueva y se valore al ser humano. Con este cambio de actitud, el servicio que le prestamos a Colombia es inmenso.
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