
A propósito de la decisión del presidente Abelardo de la Espriella de tumbar la prohibición de usar glifosato en la aspersión de cultivos ilícitos, vale la pena contar la historia de Río Mejicano, porque demuestra por sí sola que no tiene sentido insistir en una vieja estrategia contra las drogas que ha fracasado en Colombia, por más que le guste a Donald Trump y por más que el presidente colombiano quiera complacerlo.
Hace una semana visité la comunidad de San José del Guayabo en Río Mejicano, un brazo del mar Pacífico en Tumaco al que se llega tras remontar las olas del océano durante una hora. Allí los campesinos cuentan que ya han pasado por todas las fumigaciones de todos los gobiernos desde el año 2000, y por todos los planes de erradicación y sustitución de los cultivos ilícitos desde entonces.
Han padecido también todas las promesas incumplidas tras emprender proyectos para cambiar la coca por un cultivo legal, desde el programa guardabosques del Gobierno de Álvaro Uribe.
“Para que tenga una idea, las fumigas acá comenzaron con (Andrés) Pastrana y se extendieron con (Álvaro) Uribe. ¡Eso fue una cosa bárbara! ¿sabe qué nos tocó? Lo que dijo Uribe: que nos iba a poner a comer tierra. Por la fumiga, el plátano que surtía a estas poblaciones se tuvo que traer de Ecuador”, cuenta Teófilo Marino Castro, uno de los líderes de esa comunidad afrocolombiana.
A pesar de las hambrunas que les provocaron las aspersiones aéreas, la coca no se acabó en las cinco comunidades de Río Mejicano. Tampoco la violencia, pues era una zona controlada por la entonces guerrilla de las Farc.
“La fumiga no funcionó porque eso tirado desde el aire, lo esparce el viento por todo, ¡y primero se muere la mata de plátano, el palo de yuca, la piña, el palo de aguacate, que la coca! Creemos que se hizo resistente a la fumiga”, dice Teófilo Marino Castro.
Fue en el 2017, un año después de la firma del acuerdo de paz con las Farc, que ya libres de la presión armada de esa guerrilla 1.600 familias de la rivera del Río Mejicano se inscribieron en el Programa de Sustitución Voluntaria de Cultivos Ilícitos (PNIS) para reemplazar por cacao y coco las cerca de 5.000 hectáreas de hoja de coca que había en la zona.
En los dos siguientes gobiernos, el de Iván Duque y el de Gustavo Petro, les incumplieron reiteradamente con los desembolsos para sustituir definitivamente los cultivos ilegales.
Sin embargo, hoy, 26 años después de fumigaciones y decepciones, los habitantes de esos hirvientes caseríos del Pacífico colombiano se están liberando de los cultivos ilícitos. Y están marcando un hito en Tumaco, el municipio del mundo con más cultivos de hoja de coca: 31.300 hectáreas, según el último reporte de la Oficina de la ONU contra las Drogas, del 2024.
“Hemos erradicado unas 3.000 hectáreas. El 60 por ciento de los cultivos están erradicados. Tenemos coco y cacao, y no nos ha ido tan mal. Si al campesino le garantizan un precio estable, deja de cultivar coca porque la coca para nosotros no fue la mejor salida. Muchas familias reemplazaron los cultivos ilícitos y vieron que bajó la violencia”, dice Teófilo Marino Castro. A sus espaldas se ven los nuevos cultivos.
La que se está encargando de comercializar el coco y el cacao es la Cooperativa Nueva Esperanza del Pacífico, conformada por 33 antiguos excombatientes de las Farc que viven en esas comunidades. Ellos van a cada finca por las cosechas de los campesinos, secan y procesan el cacao en una planta artesanal que tienen en la vereda San José del Guayabo y cuando completan lo que cabe en una lancha lo llevan hasta Tumaco. El transporte puede costar 1.800.000 pesos.
Manuel Sánchez, el presidente de la cooperativa, sostiene que, si el Gobierno les garantiza a los campesinos la compra del kilo de cacao a 20.000 pesos, desaparece totalmente la hoja de coca en Río Mejicano. Esta cifra es unos 7.000 pesos superior a lo que pagan los intermediarios en Tumaco por un kilo de ese producto.
“Si el cacao tiene un buen precio y el coco tiene un buen precio, el presidente Abelardo (de la Espriella) no necesita llegar a fumigar ni a erradicar por la fuerza”, afirma el exguerrillero.
Es una cuestión de mercado y de costo beneficio. Para los campesinos, producir hoja de coca no sólo es una actividad peligrosa que controlan los grupos criminales, sino que es compleja y laboriosa. Para transformar la hoja en pasta base se necesita gasolina que hay que transportar en lanchas desde zonas urbanas, además de insumos como bicarbonato de sodio y amoniaco.
“El galón de gasolina está a 14.000 pesos, y si se necesitan 25 vienen siendo como 350.000 pesos. Si se le suma el resto de los insumos está quedando nada, porque el precio de la coca ha bajado mucho. En cambio, con el cacao es diferente, porque el campesino no tiene sino que cogerlo”, enfatiza Manuel Sánchez.
La misma lógica de mercado aplica para el coco. Lo que cuenta es garantizarle un precio de compra.
El presidente Abelardo de la Espriella ha usado reiteradamente una frase para referirse a su política contra los cultivos ilícitos: “hay que cambiar coca por coco”.
Pues en Río Mejicano el coco y el cacao le han ganado a la fumigación. Y la clave para que la sustitución sea total, de acuerdo con lo que cuentan los campesinos de esa apartada zona de Tumaco, es que el Gobierno garantice un precio de compra para que ellos no tengan que usar intermediarios.
Eso es más barato que la aspersión aérea con glifosato, y, sobre todo, tendría un efecto social positivo para las comunidades más vulnerables de Colombia, que están justamente en las zonas cocaleras. También se evitaría el grave daño medioambiental que producen los herbicidas. No hay que olvidar tampoco que el glifosato es considerado por la Organización Mundial de la Salud (OMS) como potencialmente cancerígeno.
El presidente De la Espriella debe saber, aunque no lo diga en público, que los intereses de Estados Unidos no siempre coinciden con los intereses de Colombia. Empeñarse en la aspersión aérea de cultivos ilícitos para ganar puntos con Trump es repetir una estrategia que ha sido inútil en el país.
Hoy por hoy, al presidente le conviene escuchar a los campesinos.
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