
El Parque Nacional de Bogotá fue el lugar desde donde partió el pasado 21 de abril la marcha contra el gobierno que preside Gustavo Petro. Separados de la multitud estaban los indios acampados entre los árboles. Los manifestantes hormigueaban sobre el cemento. Los indios sobre la tierra húmeda. Los manifestantes agitaban banderas. Los indios rajaban leña para alimentar los fogones de piedra. Los manifestantes se notaban bien alimentados. Los indios mostraban los signos de la desnutrición. Los niños indígenas vestían harapos y correteaban descalzos. Entre los manifestantes no había niños, ni jóvenes.
Llueve. Los indios se resguardan en los deplorables cambuches que han levantado sobre el gélido suelo. Los manifestantes se protegen con sus guapísimos paraguas e impermeables. De los cambuches salen estelas de humo. De la marcha sale una gritería. ¿Qué hacen esos indios allí? ¿Por qué no están en sus territorios? Dos preguntas que deberían hacerse los manifestantes que se autodenominan patriotas, visten camisetas de la selección absoluta de fútbol y agitan el tricolor nacional.
La marcha se mueve. La Plaza de Bolívar es el objetivo: el Capitolio y el Palacio de Nariño. Dos lugares que a lo largo de un siglo han estado ocupados por los tatarabuelos, abuelos y padres de los políticos que han convocado la protesta contra el actual gobierno. Añoran esas habitaciones frías —como las llamó Petro— en las que se fraguaron guerras, negocios, extorsiones, corruptelas, conspiraciones, señalamientos y un largo etcétera de infamias. Los recintos en los que se fabricaron millones de pobres, como los que ocupan las aceras de la carrera séptima, exponiendo sus miserias o buscándose la vida con sus cachivaches. No hay por dónde caminar. “Huele a pobre”, dijo con desdén una elegante señora cuando vio a un hombre desdentado ofreciendo herramientas de segunda mano a los marchantes. ¿Por qué hay tanta penuria en las ciudades y campos de Colombia? Una buena pregunta para los opositores.
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