
Una de las constantes de la izquierda leninista es que lucha siempre bajo la certidumbre de que la historia tarde o temprano les dará la razón. Y esa paciencia les permite sufrir derrotas, llegar hasta el martirio, sin perder la libido imperandi por la conquista del poder. La promesa de que construirán el paraíso en la tierra les da una resiliencia y maleabilidad que no muchas otras ideologías o corrientes políticas pueden mostrar. En eso se asemejan a una religión. Y también al fascismo, que es la otra cara de la misma moneda.
Por eso los tiempos de la guerrilla y de la izquierda son eternos. Por eso una vez conquistan el poder harán todo lo que sea para no perderlo jamás. Es precisamente lo que estamos viendo hoy en Venezuela. Maduro no soltará el poder, no importa cuál sea el costo en vidas, pobreza y sufrimiento. Así es en Cuba y en Nicaragua. Así es en las teocracias y en las monarquías. Así fueron Francisco Franco y Iósif Stalin. Solo se van con la muerte o por la traición, pocas veces por su propia voluntad o por la fuerza.
Los orígenes guerrilleros, revolucionarios, contestatarios, de Gustavo Petro, y ante todo sus actitudes y declaraciones recientes, han llevado a que cada vez más colombianos se pregunten si es un demócrata o un leninista. La complicidad silenciosa de Petro y del Pacto Histórico con el fraude de Maduro en las recientes elecciones en Venezuela y la indiferencia ante la brutal represión han agudizado aún más esas inquietudes.
Artículo exclusivo para suscriptores
Suscríbete para acceder a todo nuestro contenido.
SuscribirmeLea los comentarios






