Ir al contenido principal
El hombre que vio lo invisible
La muerte de Fritz R. Schaudinn sobrevino apenas semanas después de que August von Wassermann, junto con Albert Neisser y Carl Bruck, presentara la primera prueba serológica capaz de diagnosticar la sífilis | Wikicommuns
Salud y bienestar

El hombre que vio lo invisible

El doctor Pedro Romero habla de la trágica vida del joven científico Fritz Schaudinn, y de uno de los descubrimientos decisivos del siglo XX en medicina: el Treponema pallidum, agente causal de la sífilis, enfermedad venérea.

Por: Pedro Romero

Hacia 1900 —época de formación del joven que terminaría por identificar al agente causal de la sífilis — la enfermedad que había aparecido en Europa un año después de los viajes de Colón a América seguía siendo un azote global. En Bogotá, los estudios retrospectivos calculan que su prevalencia pudo alcanzar hasta un 25 % en algunos grupos poblacionales antes de la llegada de los antibióticos, décadas después.

En el antiguo Nuevo Reino de Granada, sin embargo, esta misma dolencia nunca se conoció bajo el nombre culto de Fracastoro (poeta del siglo XVI), sino como el "mal de bubas" —término que los cronistas y médicos coloniales usaron desde el siglo XVI y que persistió en el habla y en los documentos oficiales hasta bien entrada la República—. En la Colombia de 1900, la joven República apenas comenzaba a abandonar ese nombre popular y colonial para adoptar el lenguaje de la higiene científica moderna, justo en el momento en que el Estado, a través del Decreto 35 de 1907 sobre "mujeres públicas" en Bogotá, empezaba a tratar la enfermedad no ya como una vieja "buba" heredada de la Colonia, sino como un problema de profilaxis sanitaria y de control social sobre la prostitución.

El período dorado de la microbiología

El período entre 1880 y 1900 fue el momento fundacional de la microbiología moderna, de la mano de gigantes como Louis Pasteur, en París, y Robert Koch, en Berlín. Los descubrimientos se sucedían casi mes tras mes en un campo en plena efervescencia.  Cada nueva bacteria identificada alimentaba la convicción de que, tarde o temprano, toda enfermedad infecciosa cedería su secreto ante el microscopio.

La sífilis, sin embargo, se convirtió en uno de los premios más codiciados y más esquivos de esa carrera. Su prevalencia, su gravedad y su patrón de transmisión la hacían candidata evidente a una enfermedad de origen bacteriano. Varios investigadores anunciaron a lo largo de las décadas de 1880 y 1890 haber encontrado el microorganismo responsable, pero uno tras otro esos hallazgos se derrumbaron al comprobarse que correspondían a contaminaciones de las muestras o a microorganismos ya conocidos y ajenos a la enfermedad.

El forastero que necesitaba la sífilis

Hacía falta una mente abierta, con una perspectiva amplia como la de un zoólogo, y equipada con una competencia incomparable: la habilidad de distinguir formas y presencias sutiles bajo los microscopios de la época, forjada en cientos de horas de observación concentrada. Fritz Richard Schaudinn, un joven de una energía inagotable y una curiosidad insaciable, experto en protozoos marinos, fue nombrado, en 1901, director de la estación zoológica germano-austríaca de Rovigno, en la costa dálmata del Adriático (hoy Rovinj, Croacia). Allí estudió el ciclo del paludismo humano y aviar, confirmando y ampliando los hallazgos de Ronald Ross y Giovanni Battista Grassi sobre la transmisión de la malaria, y avanzó también en la comprensión del origen amebiano de la disentería tropical.

Ese currículo lo condujo, en 1904, a Berlín, donde asumió la dirección del recién creado laboratorio de protozoología de la Oficina Imperial de Sanidad. Erich Hoffmann, dermatólogo y venereólogo de la clínica de la Charité, pensó acertadamente que alguien como Schaudinn podría verificar sus experimentos sobre la sífilis. En la primavera de 1905, los dos notaron con excitación creciente que unos filamentos móviles y casi transparentes en forma de espirales podían ser vistos en muestras de chancro y ganglios examinados inmediatamente después de haber sido extraídos de los pacientes sifilíticos en la clínica de la Charité. Eran diferentes de las ya conocidas espiroquetas que colonizaban inocentemente las zonas genitales.

Este descubrimiento, hoy legendario, logrado a sus 33 años, le valió a Schaudinn la celebridad inmediata en el mundo científico alemán. Las ofertas de universidades e institutos no se hicieron esperar, y una de ellas resultó particularmente atractiva: dirigir su propia línea de investigación en el Institut für Schiffs- und Tropenkrankheiten (Instituto para las Enfermedades Marítimas y Tropicales), fundado en el puerto de Hamburgo el 1 de octubre de 1900 por el médico portuario Bernhard Nocht, con el respaldo del gobierno del Imperio alemán. Schaudinn tomó una licencia de su cargo en Berlín y se trasladó a la orilla del río Elba, al norte de Alemania, para asumir ese nuevo puesto, sin sospechar que allí encontraría, apenas meses después, su propio final.

Un sacrificio en nombre de la ciencia

En efecto, su salud era ya precaria. Años atrás, durante su estancia en Rovigno, se había sometido a un experimento audaz y temerario. Para probar cuál de las dos amebas intestinales era la verdadera causante de la disentería grave, ingirió deliberadamente preparaciones tanto de Entamoeba coli, inofensiva, como de Entamoeba histolytica, patógena. Así contrajo una amebiasis crónica que no respondió a los tratamientos de la época y que lo acompañaría el resto de su corta vida. Fue un descubrimiento notable, una demostración inequívoca, pero que le pasaría una abultada factura.

En abril de 1906, tras asistir al XV Congreso Internacional de Medicina en Lisboa, por invitación personal del Káiser, hubo que operarlo de urgencia en altamar, a bordo del barco en el que regresaba a Hamburgo. La descripción médica habla de una “tumoración rectal, con fístulas perirrectales, abscesos en los glúteos y flemones en ambos muslos”, probablemente secundarios a un recrudecimiento de su amebiasis. Al llegar a Hamburgo, fue intervenido de nuevo y murió en el hospital de Eppendorf al alba del 22 de junio por sepsis y trombosis, hace exactamente ciento veinte años.

Su muerte sobrevino apenas semanas después de que August von Wassermann, junto con Albert Neisser y Carl Bruck, presentara la primera prueba serológica capaz de diagnosticar la sífilis —la célebre reacción de Wassermann—, y cuatro años antes de que Paul Ehrlich, premio Nobel en 1908, desde su instituto de Fráncfort, anunciara junto a Sahachiro Hata el Salvarsán (el famoso compuesto 606, el “arsénico que salva”), el primer tratamiento realmente eficaz contra la enfermedad cuyo agente causal Schaudinn había identificado.

Murió, así, sin oportunidad de ver ninguna de las dos consecuencias médicas más inmediatas de su propio descubrimiento.

Ciento veinte años después

La combinación de una prueba diagnóstica simple —heredera directa de la reacción de Wassermann— y de un tratamiento verdaderamente milagroso —la penicilina, descubierta por Fleming en 1928 y producida a escala industrial en la década de 1940— fue lo que finalmente permitió controlar la sífilis como azote de la salud pública mundial. Casi de golpe, después de cuatro siglos de fracasos con mercurio, guayacán y arsénico.

Sin embargo, ese triunfo resultó parcial y reversible. Hoy la enfermedad persiste con fuerza en amplias regiones del planeta, entrelazada con la pobreza estructural, con el resurgimiento que trajo consigo la epidemia de VIH/sida a partir de los años ochenta, y con los desplazamientos masivos de población que generan los conflictos armados y las crisis migratorias regionales. Colombia ha sido parte activa de esa historia global, y hoy enfrenta su capítulo más apremiante en la sífilis gestacional y su secuela más dolorosa, la sífilis congénita, cuyos casos el Instituto Nacional de Salud monitorea semana tras semana a través de sus boletines epidemiológicos.

Si Schaudinn resucitara ciento veinte años después de su muerte prematura en Hamburgo, es fácil imaginar que lo asaltarían sentimientos profundamente encontrados. Por un lado, la satisfacción inmensa de constatar que su hallazgo de 1905 —esa espiroqueta pálida y esquiva que tantos habían buscado en vano— terminó por abrir la puerta a las herramientas, que pocos años después, permitirían diagnosticar y curar una enfermedad que había atormentado a Europa y América durante más de cuatro siglos. Por otro lado, un dolor de otra índole pero no menor al de su propio cuerpo enfermo, al descubrir que siguen naciendo en Colombia, y en tantos otros rincones del mundo, niños marcados por las deformidades óseas, neurológicas y sensoriales de la sífilis congénita.

Quizás, la prueba más cruda de que ninguna herramienta científica, por poderosa que sea, basta por sí sola si no llega a tiempo a quien más la necesita.

 

*Pedro Romero es profesor emérito de la Facultad de Biología y de Medicina de la Universidad de Lausana, Suiza, y actual director médico y científico de Novigenix AI, Lausana

Finalización del artículo

Lea los comentarios

Temas en este artículo

Artículo de libre acceso

Libre

Compartir en redes sociales