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Cultura

Angélica Gámez, la maga del violín

Angélica Gámez

Angélica Gámez es tal vez la violinista colombiana más destacada. Ella es una de las abanderadas de una generación de músicos que dan fe del gran nivel de los intérpretes colombianos en distintos géneros. Es concertino alterno de la Orquesta Sinfónica Nacional de Colombia y se desempeña con igual maestría en el campo de solista, la música de cámara y la enseñanza.

Por: Eduardo Arias

El pasado Miércoles Santo la Orquesta Sinfónica Nacional de Colombia, bajo la dirección de Jeisson Segura, ofreció un concierto en Santander de Quilichao como parte de su gira de Semana Santa en el departamento del Cauca. El día anterior se habían presentado en Timbió y en ambas ocasiones interpretaron el Concierto para violín en mi menor de Félix Mendelssohn y la Séptima sinfonía de Ludwig van Beethoven. Como solista de la obra de Mendelssohn se presentó la violinista Angélica Gámez, quien deslumbró con su interpretación a quienes llenaron el auditorio del Instituto Técnico.
Ella forma parte de las nuevas generaciones de músicos que han subido de manera muy notable el nivel de la música en Colombia, no solo la llamada clásica o académica, sino también de otros géneros.
Angélica Gámez recuerda que el sonido del piano de su madrina, la gran maestra Elvia Mendoza, la llevó a la música. Además, desde muy niña se familiarizó con el sonido de los instrumentos sinfónicos. “Yo tuve el privilegio de vivir en la casa del maestro Ernesto Díaz y la maestra Ruth Lamprea, los fundadores de la Orquesta Sinfónica Juvenil de Colombia, quienes fueron mis maestros”. También contó con el apoyo de su madre, quien era muy sensible al arte y en particular a la música. Y aunque lo lógico es que hubiera seguido los pasos de su madrina, se conectó con el violín, un instrumento no muy fácil de aprender, bastante complejo, pero para el que ella tenía un talento natural. Sin embargo, esto no la eximió de la férrea disciplina de dedicarle largas horas de estudio. “Yo sigo y seguiré hasta que me muera con mi violín, estudiando y procurando la belleza. No la perfección sino la belleza, sentirme cómoda y feliz con lo que hago, es un privilegio hacer música y lo agradezco todos los días de mi vida”.
En esta etapa de su vida ha adquirido varias responsabilidades con la orquesta, sus estudiantes, con su vida familiar y con sus propios intereses. “Es importante vivir, trabajo con amor y disciplina mi mente, mi cuerpo y mi espíritu, la música me puede atrapar, y reconozco que resulta encantador y algo adictivo, pero es muy importante para mí buscar un balance y de esta forma permitirme andar más liviana y lúcida para todos los retos que me impongo o me impone la vida. Ahora estudio menos que antes por mis obligaciones, pero todos los días estoy con el violín, ya sea ensayando, dictando clases o estudiando, pero estoy de 8 a 8, si no es de 8 a 10 de la noche. Con sus pausas, pero estoy siempre en una actividad con el instrumento”.
En su época de estudiante estudiaba ocho horas diarias que para ella eran sagradas. “Eso fue lo que realmente me formó a nivel técnico y musical. Fue vital asumir esa etapa con disciplina y sacrificio”. Empezó con el violín a los ocho años. Se formó en la casa de los fundadores de la Orquesta Sinfónica Juvenil de Colombia y tenía clases sábados y domingos. “Yo no tuve esa infancia de juegos. Recuerdo mañanas con mucho frío, de bañarme muy temprano, con ganas de tomar el sol y patinar o montar bicicleta como hacían los otros. Pero no, yo estaba estudiando escalas. En esa en esa época no lo veía tan divertido”. Se formó también en la Sinfónica Juvenil con todos los estudiantes. Su entorno musical era de gente adulta. Eso le permitió ver la música de una manera no tan infantil sino más madura.
Cuando tenía 16 años de edad entró a la Orquesta Filarmónica de Bogotá. Fue la primera menor de edad en entrar a la orquesta. Esa fue su primera experiencia profesional. Antes ya había ganado concursos representando a Colombia en la Orquesta Mundial de Juventudes Musicales. Desde los 13 años estaba viajando por todo el mundo. “Fueron muchos viajes, muchos países, diferentes culturas y siempre digo que me siento muy orgullosa de poder tocar mi violín pues él ha sido claramente mi tiquete aéreo y el que me ha abierto tantas puertas. Él ha sido el que me ha llevado a teatros inimaginables, a lugares preciosos” . En 1994 ganó el concurso de mejor músico colombiano de la Fundación Mazda y pudo viajar a Salzburgo, donde estudió en el Mozarteum con grandes maestros de la escuela del violín austriaca. Ingresó a la Orquesta de Solistas de Salzburgo y también actuó en grupos de cámara y como solista. Al regresar de su comisión de estudios estuvo diez años en la Orquesta Filarmónica de Bogotá. Fue fundadora de la Orquesta Sinfónica Nacional de Colombia, a la que ingresó en 2003 como principal violín de los segundos violines y tres años después ganó el concurso de concertino asistente, que es su cargo actual.
Como intérprete de música de cámara durante 12 años formó parte del Cuarteto Manolov. Ha sido solista en diversos eventos como el Cartagena Festival de Música y el Pacific Music Festival en Sapporo, Japón, y ha interpretado música contemporánea con el ensamble deciBelio. Comenzó a desempeñarse como docente en las universidades más destacadas del país, actividad en la que ya lleva 25 años. En noviembre del año pasado decidió retirarse de las instituciones educativas y ahora ejerce su propia cátedra de violín de manera particular. “Esta nueva etapa ha sido maravillosa, he recibido muchos estudiantes de diferentes partes del país, inclusive gente que está estudiando en otros países y que están apasionados por el violín con el deseo de seguir aprendiendo".
Su hoja de vida muestra que es una intérprete multifacética. Se ha desempeñado como solista, y de integrante en agrupaciones de cámara y en grandes orquestas. Ella señala que se siente afortunada de haber podido estar en todas ellas. Y que cada una tiene sus pros y sus contras. “Vivir de solista es imposible. Tal vez lo hacen los grandes violinistas en Europa, Estados Unidos y Asia, que tienen sus managers y sus agencias. Yo no soy esa violinista. Entonces cuando surge la posibilidad de ser solista, aprovecho la oportunidad, me exijo y lo tomo como un reto, como una oportunidad artística”. Pero ella es feliz en el mundo sinfónico. Le encanta estar mimetizada en la música tocando una sinfonía de Beethoven, de Shostakovich o de Mahler. “Esa sensación de estar ahí sumergida en la orquesta es deliciosa. Es muy diferente a la de solista. La música de cámara es más íntima. Son tres o cuatro personas en un solo corazón y eso también tiene un pálpito diferente”.

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