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Luis Zuluaga: el arte de mostrar lo que preferimos ignorar
Fruto del odio, óleo sobre madera.
Cultura

Luis Zuluaga: el arte de mostrar lo que preferimos ignorar

Más que representar acontecimientos visibles, la obra de Luis Zuluaga asume la realidad como vivencia, herida y memoria. Un artista que transforma el lienzo en testimonio interior y registro afectivo de aquello que muchas veces preferimos ignorar.

Por: Fernando Rivera Giraldo

Al contemplar la obra del pintor manizaleño Luis Zuluaga, nacido en una familia de origen modesto y radicado en Portugal desde hace más de 30 años, el público suele manifestar “¡impresionante!”. Hay quienes sostienen que se le podría catalogar como parte de algo llamado “impresionantismo".

Fatiga de existir, óleo sobre tela

Luis Ricardo Uribe Zuluaga, su nombre completo, adoptó su segundo apellido como nombre artístico en honor a su madre, y también como reflejo de las costumbres de su segunda patria, país lusófono en el que las personas llevan adelante el apellido de sus progenitoras.

Ahora, tras más de tres décadas en esa tierra —en la que ha alcanzado un amplio reconocimiento—, y con esporádicos retornos a Colombia —donde su trabajo sigue siendo poco conocido—, la obra de Zuluaga se compone de una nutrida serie de cuadros marcados por una impronta común: impresionan, conmueven, incomodan fuertemente a quien los mira. 

 

En efecto, la obra del pintor caldense representa, con una depurada técnica que nos sacude hasta los tuétanos, a personas muertas, carne viva, animales degollados, personas enfermas o desahuciadas, minorías discriminadas, cuerpos en descomposición, y cuanta criatura o situación desnude la distopia del mundo contemporáneo, en particular el latinoamericano.

Cabe anotar que, en palabras del propio pintor, su obra no busca la espectacularidad ni el escándalo deliberado, sino que brota desde lo más íntimo de su ser. La obra. además, es de una honestidad radical frente a aquello que se vive, se padece o se observa cotidianamente. Zuluaga dice sentir que hay que restituir la subjetividad como dimensión crítica frente a la realidad social contemporánea.

No se trata de narrar la violencia per se, la desigualdad o la invisibilización desde perspectivas documentalistas o de denuncia explícita, sino de desplazar la atención hacia la experiencia emocional vivida por el sujeto creador.

Óleo Sobre Madera

Cada época y cada entorno, bien sea particular o extendido, con sus contextos culturales, históricos y narrativos, generan formas de expresión artística que los trascienden. Y puedo argüir, sin temor a equivocarme, que en Latinoamérica se han conjugado los factores precursores ideales para generar obras de tal impacto emocional. La realidad cruda y compleja de los contextos sociales de nuestros pueblos ha dado nacimiento a expresiones artísticas en las que no se trata únicamente de representar acontecimientos o situaciones visibles, sino de asumir ese entorno como vivencia, como herida y como memoria.

La obra de Zuluaga, hija tal vez de un realismo más trágico que mágico, no gira en torno a lo fantástico o extraordinario, bien que la realidad colombiana lo sea —en el sentido de fuera de lo ordinario por lo terrible y doloroso—, sino que orbita y se enraíza profundamente alrededor de esa realidad chocante que tal vez solo puede ser plasmada en un lienzo.

Su obra se asienta en el principio de que el arte puede conmover no solo por su belleza formal, sino especialmente por su capacidad de despertar conciencias, conectar con las sensibilidades profundas y recuperar dimensiones emocionales anestesiadas por la costumbre y la indiferencia colectiva.

Situar estas obras dentro del contexto de otros movimientos artísticos importantes es una tarea que se promete ardua. Para comenzar, habría que hacer parangones, tender lazos, buscar símiles y divergencias con, por ejemplo, el Impresionismo francés (siglo XIX), el Expresionismo alemán (inicios del siglo XX), el Surrealismo europeo (segunda década del siglo XX) y el Realismo social europeo y soviético (siglo XX).

Zuluaga transmite la realidad como él la vive, sin caer en el hiperrealismo. La impronta que pretende dejar es existencial, no visual como en el Impresionismo. Se manifiesta a través de múltiples técnicas y estilos.

No amplifica estéticamente el dolor, como suele hacerlo el movimiento Expresionista, sino que lo muestra sin artificio. Tampoco inventa mundos alternos, oníricos, como el Surrealismo, sino que hace visible el mundo que ya existe, pero se ignora.

Si bien comparte con el Realismo social europeo una preocupación por la realidad social, evita la denuncia explícita, el discurso y el mensaje ideológico. La crítica emerge del choque con lo real que experimenta quien observa sus obras.

En palabras del artista y de otras personas conocedoras del arte, quien pinta no describe el contexto, lo encarna. La obra deja de ser representación para convertirse en testimonio interior, en registro afectivo y en archivo sensorial de aquello que la historia oficial muchas veces silenció.

Se trata, entonces, de un arte de conmoción, no de provocación. En tiempos en que la cultura visual está saturada de estímulos y espectacularidad, estas obras estarían proponiendo una ética de la sinceridad perceptiva: mostrar sin manipular, revelar sin dramatizar y emocionar sin caer en la violencia estética.

Así es, quien observa no siente un shock, sino un reconocimiento: descubre en la obra aquello que intuía, pero no terminaba de ver.

Cain

Me atrevo a especular que la obra de Zuluaga puede ser especialmente pertinente en el presente, debido a que pretende cuestionar la creciente insensibilidad global. Frente a la estetización digital de la tragedia, estas obras podrían contribuir a devolver la densidad humana al acto de mirar.

Su mayor relevancia residiría en que pone nuevamente a quien la contempla frente a lo invisible de la vida cotidiana. La impresión causada no proviene de la forma, sino de la relación profunda entre arte, memoria y realidad.

Nos encontramos, entonces, ante la obra de un pintor maduro que domina elegantemente su técnica y que transmite con eficacia y sinceridad lo que siente, nos conmueve profundamente y nos pone ante la espantosa realidad del mundo actual.

Sólo por eso, ya vale la pena el trabajo de Zuluaga. Invito a quienes nos leen a que se interesen en la obra de este artista sui géneris poco conocido en Colombia.

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