
“Vinieron. Ellos tenían la Biblia y nosotros teníamos la tierra. Y nos dijeron: 'Cierren los ojos y recen'. Y cuando abrimos los ojos, ellos tenían la tierra y nosotros teníamos la Biblia”
Eduardo Galeano
Esta es la historia de un apagón teatral para facilitar el escape del presidente de la República de su propia ceremonia de posesión. También de cómo, en medio del histrionismo propagandístico, religioso y patriotero, se vuelven confusas algunas definiciones fundamentales.
Por mandato de la Constitución, la inauguración presidencial debe efectuarse ante el Congreso en pleno y cumplir con todos los requisitos de una sesión formal. Es obligatorio tomar lista de los senadores y representantes, verificar el quorum y cumplir con el orden del día.
Para este viernes 7 de agosto de 2026, el Senado y la Cámara de Representantes habían aprobado que sesionarían conjuntamente en Cali para complacer el deseo del nuevo mandatario de posesionarse fuera de Bogotá. Los congresistas recibieron con anticipación el orden del día que ustedes pueden ver aquí.

Eran ocho puntos que empezaban con el llamado a lista de los congresistas, incluían el discurso del presidente Abelardo de la Espriella y concluían con la aprobación del acta de la sesión. Ese orden del día estaba firmado por el presidente del Senado, el presidente de la Cámara –actuando como vicepresidente del Congreso en pleno–, y los secretarios generales de las dos corporaciones.
Sin embargo, al iniciar la sesión se aprobó, por pupitrazo relámpago y sin que existiera ponencia previa, una modificación del orden del día para incluir un punto adicional, marcado como “séptimo”, denominado “Invocación y alabanza”.
Para la mayoría de los congresistas no era claro de qué se trataba. El desconcierto fue mayúsculo cuando, después de que el secretario anunciara la “Invocación y alabanza”, se apagaron las luces del auditorio.
La iluminación volvió para que la cantante barranquillera Maia cantara un Aleluya, en español aunque con acento fingidamente estadounidense, antecediendo los discursos de tres líderes religiosos: un rabino, un pastor y un obispo católico. De acuerdo con las normas del Congreso, para que un particular intervenga ante la plenaria, debe declararse sesión informal, lo cual no sucedió.
Sin embargo, esa no fue la mayor sopresa. La silla que ocupaba el presidente unos segundos antes, estaba vacía cuando volvió la luz. El jefe de Estado se había esfumado aprovechando la oscuridad. Salió por la puerta de atrás durante el parpadeo, sin responder al discurso del presidente del Congreso y dejando solos a los invitados nacionales e internacionales.
Después de la prédica política-religiosa de los tres oradores, el presidente Abelardo de la Espriella reapareció, por arte de sinsarabín, pero solo a través de unas pantallas.
Estaba pronunciando su discurso de posesión, no ante el legislativo, que representa al pueblo, sino ante un grupo de uniformados de las diferentes fuerzas en la sede de la Tercera Brigada del Ejército. Las Fuerzas Armadas hacen parte de la rama ejecutiva del poder público y no ostentan ninguna representación popular.
El discurso de posesión que, dicho sea de paso, no pasará a la historia como una gran pieza de oratoria, concluyó entre consignas políticas y religiosas: “Todo por la patria, compatriotas. Todo por la patria, nada sin ella. Firmes por la patria. Que viva Cristo Rey”.
“Viva Cristo Rey” fue la consigna de guerra de los cristeros, un movimiento armado mexicano que se alzó contra la llamada “Ley Calles”, que limitaba el libre ejercicio de su religión. La guerra cristera duró dos años y le costó la vida a más de 250.000 personas.
El Estado colombiano, laico y civil por definición, empezó a cambiar este viernes. El mandatario es el comandante general de las Fuerzas Armadas. La Constitución lo establece como un precepto inequívoco de subordinación militar al poder civil, como principio de la democracia.
No recuerdo a un presidente colombiano usando saludos militares para presentarse ante sus subalternos, los comandantes de las fuerzas. Así sucedió el viernes.
El presidente Abelardo de la Espriella, desempeñando su nuevo papel, se paseó frente a los destacamentos de las diferentes fuerzas haciendo un gesto que, de acuerdo con los reglamentos de ceremonial militar, debe ser exclusivo de los uniformados y está vedado para los civiles.
Ahora los consejos de ministros muestran personas prosternadas en tierra, poniendo la Biblia por encima de la Constitución. Respetados señores, mientras los textos religiosos guían la vida privada de los creyentes, la Constitución manda y protege a todos los ciudadanos, sin distinción de credo.
Y usted, señor presidente, fue elegido por escasa diferencia, pero por la mayoría de los colombianos para, entre otras cosas, dirigir a los militares, no para subordinarse a ellos. El control civil de las acciones militares previene el autoritarismo, la violación de los derechos humanos, la politización de los uniformados y la militarización de la política.
Ojalá la obra de teatro permanente en la que empezamos a vivir permita que los ciudadanos defiendan sus derechos, que se irán volviendo borrosos entre estos parpadeos.
Lea los comentarios









