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Marta Ruiz
Puntos de vista

Un presidente kitsch

Carlos Suárez, el estratega de cabecera de Abelardo de la Espriella, debería estar preocupado con el avatar que ha creado en su laboratorio de seducción de masas. Días antes dijo en una entrevista que en política no interesan los programas sino las emociones. Y el viernes pasado, en el debut de su pupilo, no hubo ni lo uno ni lo otro. 

Para empezar, el embeleco de no realizar la ceremonia en la Plaza de Bolívar y el Congreso, símbolos de lo público y de la democracia, para trasladarla a Cali, se vio como una parodia. De Cali, propiamente, hubo poco. El acto se hizo en un espacio privado y encopetado, con un público venido, en su mayoría, desde Bogotá, y con asistencia de las rancias élites del sur del país. ¿Así será su Gobierno desde las regiones?

La actuación del Congreso, cuyas directivas se arrumaban en una pequeña mesa de madera con arabescos, resultó una puesta en escena de película de serie B, hecha para cumplir con los caprichos del nuevo presidente. Sobra decir que algunos se veían bastante incómodos con el pintoresco montaje.

Pero el momento más inauténtico de todos fue cuando De la Espriella juró lealtad a la Constitución de 1991 y, a renglón seguido, hizo todo un elogio de Rafael Núñez. Sí, el mismo que sostenía que “las repúblicas deben ser autoritarias so pena de incidir en permanente desorden y aniquilarse”. Sin recato, el nuevo presidente se autoproclamó como el nuevo regenerador. Olvida De la Espriella el pequeño detalle de que la Constitución del 91 derogó justamente la de Núñez, porque en ella ya no cabían las complejidades de la Colombia moderna. En el mejor de los casos, semejante disonancia cognitiva significa que Abelardo confunde ambas constituciones; y, en el peor, es que insulta nuestra inteligencia.

Ya con la banda atravesada, puso al auditorio a rezar, mientras voló al batallón Pichincha, a cumplir con la promesa de honrar a las Fuerzas Armadas. En una tribuna grande, que contrastaba con su estatura, comenzó su largo discurso, que a veces era a gritos, con pausas marcadas para que entraran los aplausos. Al frente, como decorado de cartón piedra, una formación de militares vestidos de gala.  

En su larga intervención no profundizó en sus políticas y se limitó a repetir los titulares que ya conocíamos desde la campaña. Algunas eran de Perogrullo, como que respetará la división de poderes, lo cual está obligado a hacer, y que no convocará a una constituyente para reelegirse. Explicación no solicitada al regenerador.

De todos los discursos que he escuchado de presidentes, es el que menos esperanza transmite. Por primera vez no hay llamados a la unidad nacional, a pesar de que fue una solicitud expresa hecha por el presidente del Senado, Honorio Henríquez, quien hizo la intervención más seria de la tarde. En cambio, mantuvo sus consignas de campaña de destripar a sus antecesores, amenazando de nuevo con llevarlos ante tribunales internacionales. 

Nos repitió que perseguirá a los malos y, teatralmente, dio la orden perentoria para que los militares lo hagan desde ya. Como si esa orden no fuera de la esencia permanente de su función. Dice que fumigará con una sustancia milagrosa que no hará daño a nadie. ¡A saber si existe! Otras disonancias memorables: que habrá fracking responsable para extraer petróleo… y que acabará con el impuesto al patrimonio al tiempo que presentará una nueva tributaria. ¿Todos los caminos conducen al aumento del IVA? 

En medio de su tedioso listado de propósitos, se pueden extraer algunas tendencias preocupantes. La primera es que De la Espriella deposita en el Gobierno de Estados Unidos, al que le juró lealtad, el manejo de la seguridad de Colombia. Su única propuesta concreta es que entre en vigor el Escudo de las Américas. Actúa sin recato como el sheriff nombrado por Washington para algún territorio desolado del lejano Oeste. Por algo el gobierno de Trump no mandó a ningún delegado de la política, sino al fiscal Todd Blanche y un séquito de funcionarios judiciales.

Sacó la motosierra, al mejor estilo de Milei, y ordenó congelar el gasto público. Algo que en la práctica tiene poco alcance inmediato, pues solo se puede congelar lo que no esté comprometido, que es menos del 10 por ciento. Pero que deja ver que lo suyo no será propiamente el bisturí.

Ante la falta de sustancia política de su discurso, lo que sobraron fueron rezos e invocaciones religiosas. El nuevo presidente se presenta como un moralista en cruzada cultural. Su inspiración parece ser los valores de Tradición, Familia y Propiedad, el grupo ultraderechista cuya virgen predilecta, la de Fátima, presenció el acto, estratégicamente ubicada a un costado del auditorio.

Aunque De la Espriella juró cumplir la Constitución, nos anuncia un gobierno confesional que defiende valores tradicionales que él da por sentado son los de la Nación. Ignora de nuevo que Colombia es un país multicultural y diverso. Que no existe un solo modelo de familia, que hay libertad de cultos, pluralismo, y que no somos homogéneos. 
Algo similar ocurre con la religión, que no tiene interpretación unívoca. Y es que el nuevo presidente invoca al Dios de la venganza, y no al Dios de la misericordia que enarbolan muchos cristianos. Un Dios severo, más cercano al castigo que al consuelo.

Me he preguntado mucho por qué Abelardo usa la religión como escudo de batalla. ¿Por qué busca legitimar su liderazgo con ella? ¿Es acaso una manera de equilibrar la imagen pública que se ha granjeado en el pasado como un hombre apegado al dinero y a las veleidades de la fama? 

En La insoportable levedad del ser, Milan Kundera dedica un capítulo memorable al kitsch: a esa forma de convertir la complejidad de la realidad en una imagen emocional adormecedora, en la que no caben la contradicción ni la duda. Una manera de reducir la política a los buenos y los malos, la patria y sus enemigos, Dios y el pecado, el orden y el caos.

Y la verdad es que el viernes pasado tuvimos un kitsch extremo: la ceremonia impostada; el Congreso arrumado en una pequeña mesa; los militares convertidos en decorado; las pausas para los aplausos; las invocaciones religiosas; las soluciones milagrosas para problemas estructurales. 

Carlos Suárez tiene ahora un problema grande. Se gana con emociones una campaña, pero se gobierna con contenidos. Con políticas y programas. Y ese no parece ser el fuerte de su personaje kitsch.

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