Ir al contenido principal
Jaime Honorio González
Puntos de vista

La nevera

Como bogotano de nacimiento, crianza y educación, le agradezco —en grado sumo— al presidente de la República, Abelardo de la Espriella, su decisión de nombrar a Barranquilla como la capital alterna del país. Y espero que no se quede en mero título.

Ya esta ciudad está hiperdesarrollada, ya aquí no cabe más gente. Ya está bueno de que todos la miren como el lugar de las oportunidades y apenas las tienen y las exprimen, se despiden de ella, abandonándola a su suerte mientras se van en medio de quejas, de insultos, de decepciones, con el diploma bajo el brazo, con los bolsillos llenos, con las experiencias que da el diario vivir en este lugar de todos que a nadie le importa, precisamente por eso, porque como es de todos no es de nadie.

Creo que en Cali y Medellín también están alistando sedes para que el presidente ejerza su mandato. Pues me parece maravilloso. Ojalá también lo hiciera desde Cúcuta, o Leticia, o Mocoa, o Quibdó, pero en serio, gobernando desde allá, dos, tres semanas, un par de meses completicos escuchando a la gente allá, comiendo la comida de allá, disfrutando el clima de allá, administrando el país con la tecnología de allá, dirigiendo a la gente de allá, trabajando sin horarios con los empleados de allá, sin esas tonterías de siesta, ni voy almorzar a la casa y ya vengo, ni cógela suave, ni nada de eso; ojalá sea así porque necesitamos ciudades como Bogotá en todo el país, ciudades que reciban a los foráneos con los brazos abiertos (a los foráneos, que no es lo mismo que a los turistas), ciudades que presuman a los de afuera como sus mejores amigos, ciudades que entiendan la diversidad como parte de la vida, ciudades que no duerman porque hay que producir, ciudades que madrugan porque hay sueños que cumplir, ciudades de colonias de cualquier parte del territorio que puedan usar sus camisetas de fútbol sin mayores problemas (excepto las locales, vaya ironía), ciudades que recomienden las comidas típicas de todas las regiones mientras soporta agravios contra las propias, contra su exquisito ajiaco de tres papas, o contra su tradicional changua (en sus versiones pobre y de rico), o contra su insuperable y maravilloso postre de natas. Por no hablar del sorbete de curuba.

¡Vayan! Vayan y me cuentan. Y si no, yo iré a verlo con mis propios ojos.

Iré a ver las filas de lagartos peleándose el puesto con los sobachaquetas mientras los vendedores ambulantes ofrecen sus mercaderías a diestra y siniestra, y los cosquilleros hacen de las suyas, y los menesterosos muestran sus heridas en busca de alguna moneda a las entradas de los almorzaderos que tendrán que instalar en los alrededores de los palacetes presidenciales para atender a las nacientes burocracias que se gestarán como conejos y se desparramarán como langostas, tan voraces como anónimas, gastándose sus sueldos oficiales en las chucherías a la vuelta de la esquina. Y luego me sentaré en una tienda y pediré un cortado, o una fría, o un migao, depende. Y es muy seguro que terminaré escuchando sus penas sobre lo peligrosa que se ha vuelto esa ciudad, sobre el inclemente clima que ya nadie se aguanta, sobre lo incumplidos que se volvieron todos. Y esperaré pacientemente, la exhalación final: ¡ojalá se vayan pa´ Bogotá! Y luego, caerá el sol.

Ya verán.

Lo bueno es que si la Casa de Nariño se vuelve museo, es muy probable que reabran las calles aledañas para que los bogotanos, y los provincianos, y los turistas, todos a una (como en Fuenteovejuna) puedan disfrutar de las maravillosas postales que se logran gracias a la muy conservada arquitectura republicana que hay en esa parte de la ciudad.

Por eso es que estoy agradecido con el presidente de la República (a propósito, bogotano de nacimiento), porque podría ser que —por vez primera— esta ciudad deje de ser el destino que nadie quiere y termine convertida en una región más (muy próspera, por cierto) de este país de regiones que vive denostando a su capital; porque podría ser que —por vez primera— los rolos podamos ir a buscarnos la vida a las otras capitales del país sólo para poder extrañar la ciudad y así, vencidos por la nostalgia, tener que regresar a nuestro amado terruño; porque podría ser que —por vez primera— Bogotá, mi Bogotá, deje de ser esa fría “nevera”, la ciudad de todos que no es de nadie y sea solamente de quienes de verdad la queremos, porque siempre ha sido nuestra.

Bueno, en mi caso, mía, mi querida Bogotá.

Jaime Honorio González
@JaimeHonorio

Finalización del artículo

Lea los comentarios

Artículo de libre acceso

Libre

Compartir en redes sociales