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David García
Puntos de vista

La memoria de las palabras

Hay épocas en las que las sociedades se enfrentan por el control del territorio. Otras, por el poder económico. La nuestra libra globalmente una disputa profunda: la batalla por el significado de las palabras.

No se trata simplemente de discutir sobre un conjunto de letras y sonidos. Como escribió Borges, “las palabras son símbolos que postulan una memoria compartida”. En ellas se condensan siglos de experiencias, conflictos y acuerdos. Son los instrumentos con los que comprendemos la realidad y construimos la vida en colectivo.

No se trata de cualquier palabra, sino de conceptos que condensan siglos de reflexión filosófica y de luchas políticas. Libertad, igualdad, ciudadanía, democracia, justicia o dignidad no nacieron como consignas coyunturales. Son conquistas intelectuales y morales de la modernidad, fruto de un largo proceso histórico que tuvo en la Ilustración y la Revolución Francesa uno de sus momentos decisivos y que más tarde se enriquecieron con el constitucionalismo democrático y la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Alterar arbitrariamente su significado no es un simple cambio semántico, es modificar la memoria política y los sueños de las sociedades modernas.

El lingüista George Lakoff sostiene que el cerebro no piensa en hechos aislados sino en marcos mentales. Cada palabra activa una red de valores, emociones y creencias. El lenguaje nunca es neutral. No solo describe el mundo, también orienta nuestra manera de interpretarlo.

Por eso, la disputa política es también una disputa lingüística. Antes de cambiar las leyes suele intentarse cambiar el significado de las palabras con las que las personas las interpretan. Quien logra imponer ese marco cognitivo modifica aquello que la sociedad considera legítimo y justo.

La manipulación del lenguaje no busca únicamente ganar una discusión temporal. Busca redefinir la realidad compartida. Si cambia el significado de democracia, cambia también la idea que los ciudadanos tienen de ella. Si cambia el sentido de la justicia o de la libertad, cambia incluso aquello por lo que están dispuestos a luchar. La historia demuestra que las democracias no empiezan a deteriorarse únicamente cuando se debilitan sus instituciones, sucede también cuando comienzan a vaciarse de contenido los conceptos que las sostienen.

En este punto aparece el papel fundamental de la cultura. Con frecuencia se le reduce a las artes o al entretenimiento. Pero la cultura es mucho más que eso. Es el conjunto de valores, conocimientos y creencias que permite a una sociedad construir significados compartidos. En ese sentido, es la gran custodia de la memoria semántica de la democracia. Gracias a la literatura, la filosofía, la historia, el teatro, la música y la educación, palabras como libertad, dignidad, igualdad o justicia conservan el sentido histórico que les ha dado sentido y no quedan completamente sometidas a las coyunturas políticas ni a la volatilidad de las tendencias digitales.

Quizá por eso los debates contemporáneos son cada vez más difíciles. Muchas veces los participantes utilizan las mismas palabras, pero habitan marcos cognitivos distintos. No discrepan únicamente sobre las soluciones, discrepan sobre el significado de los conceptos con los que intentan explicar la realidad. Sin un lenguaje compartido, el diálogo democrático comienza a resquebrajarse.

Las democracias no suelen a destruirse de un día para otro. Con frecuencia empiezan a debilitarse mucho antes, cuando las palabras que les dieron origen dejan de significar lo que significaban. Cuando la libertad se convierte en privilegio, la igualdad en jerarquía, la verdad en una opinión más y la cultura en un lujo prescindible, el deterioro institucional ya ha comenzado en el terreno más profundo: el de la conciencia colectiva. Por eso, defender esas palabras y el marco cognitivo en el que habitan es defender la cultura que hace posible la democracia.

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