EL ALGORITMO DE QUINTERO

Daniel Quintero es experto en manipular el algoritmo. Y no se trata de colgar videítos arropados en el meme del día. Se trata de comprender cómo funciona esa plaza pública digital y las infinitas maneras que existen para doblarla a su favor. El exalcalde entiende con gran sofisticación la importancia de las redes sociales para avanzar las causas electorales.
A pesar de toda su cháchara y detrás de la imagen que quiere proyectar, Quintero en realidad es un político como cualquier otro: acusado e imputado por corrupción, sectario, clientelista, vanidoso, con ínfulas de dictador y sindicado de violencias sexuales. Lo que lo hace diferente es que está empecinado en ser tendencia todos los días.
Así logró colarse a la Alcaldía de Medellín en 2020 con su propuesta de ciudadanos independientes, como una alternativa a las castas políticas. Pero cuando gobernó lo hizo como cualquier gamonal de siempre. En esa ocasión, el triunfo de Quintero fue una sorpresa para muchos medellinenses que subestimaron su estrategia de verdulero postizo.
En esta campaña nos condenará a una cantidad grotesca de actos vacíos, pero ruidosos porque está empecinado en figurar. Por eso plantó la bandera de Colombia en el Amazonas o irrumpió en el congreso de la ANDI con una bandera palestina que le importa muy poco: años antes ondeó también la de Israel. Y está dispuesto a hacerlo con cualquiera que le dé vitrina. Ninguno de estos gestos revelan algo sobre un plan de gobierno o sobre sus compromisos ideológicos, pero le sirven para marear el debate público a su ritmo.
Se dedica con disciplina a esparcir mentiras por internet, descalificar críticos y distorsionar la verdad. Sabe que esa es la cloaca que favorece el algoritmo. Comenta sobre todos los temas que se viralizan, sean importantes o no, porque así mantiene su vigencia en la conversación. Es la misma razón por la que ataca con mensajes abiertamente misóginos a candidatas mujeres, como Vicky Dávila: ese odio vende mucho en las redes sociales.
También por eso en sus periodos como alcalde se acostumbró a pelear con los medios de comunicación que osaran investigarlo y generó un ambiente de censura y silencio en la ciudad. Para que le crean todas las mentiras que esparce por las redes es importante desacreditar el periodismo que posa su lupa sobre él. Todas y cada una de esas disputas hacen parte de un plan pensado para que nadie pueda cuestionarlo. Según Quintero, todos los periodistas, organismos de control o jueces que osen controvertirlo son comprados o vendidos o lo que le sirva para deslegitimarlos.
Estos detalles parecerían menores en el proceso electoral colombiano. Sesudos analistas resaltan que la figuración en redes sociales es solo un pequeño ingrediente de la receta para hacerse a la Casa de Nariño. Pero su estrategia mediática está siendo desestimada con peligrosas consecuencias. Y hay que tener en cuenta que en todo caso también es versado en las otras artimañas necesarias para acumular votos en Colombia.
Así fue que Donald Trump, Jair Bolsonaro, Javier Milei, Nayib Bukele y tantos otros improbables han llegado a la presidencia. Con el nadadito de perro de ser el loquito que hace bobadas en internet para que le paren bolas. Hasta que les pararon todas.
Ellos siguieron la misma receta: crear canales de información falsa, participar en todos y cada uno de los debates de las redes, alimentar bodegas de bots y diseñar campañas coordinadas de ataques que reproduzcan discursos de odio y falsedades contra sus contradictores.
Hoy en día, quienes dominen la política sucia que impusieron los gigantes de la tecnología están siempre un paso adelante que sus contendores. Y lo más triste es que, hasta que esos canales no cuenten con regulación, la única manera de derrotar estas prácticas por parte de un candidato es con el mismo brebaje.
Y la verdad es que el algoritmo no es de Quintero porque no es el único aspirante que emplea esta estrategia. Aunque parecen en las antípodas, Quintero y Abelardo de la Espriella son dos figuritas cortadas con la misma tijera de la política del espectáculo y por eso su comportamiento en redes resulta casi idéntico. Por lo menos así lo registra X en los últimos tres meses.

Y aunque todo esto pueda cambiar con la velocidad en la que se acumulan los hechos en una campaña presidencial colombiana, lo cierto es que ambos ven la capacidad de atraer atención, buena o mala, como un capital político.
El presidente Gustavo Petro parece confiado en que ese capital puede convertirse en votos y por eso pidió a su fuerza política que no vete el nombre de Daniel Quintero en la lista de precandidatos del Pacto Histórico para las elecciones de 2026.
Mientras tanto, se impone la política que mejor sepa cosquillear al algoritmo, con los costos que eso tiene para la sanidad del debate público, en un país que tramita la política a gritos o a balazos desde siempre.
Y no se me escapa la contradicción de caer en la trampa al escribir esta columna, que les concede más pantalla. Es un dilema difícil de resolver porque lo que está en juego es tan solo la Presidencia de la República.
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