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PETRO EN EL COVID

PETRO EN EL COVID
Daniel Samper Ospina
Los Danieles

PETRO EN EL COVID

La alocución del presidente Berto sobre el sistema de salud fue pieza de comunicación política histórica. Lo primero fue su manera de saludar: “Seré breve porque voy a hablar de los logros en salud”, dijo con desgarradora sinceridad. Lo segundo fue su evidente cuadro gripal: solo en Colombia podía exponer su política sanitaria un presidente aturdido por los mocos y la tos. En cualquier momento podía aparecer Carolina Corcho para ayudarlo a sonar:

—Sople en el pañuelo, presidente…. Duro…. Con todas sus fuerzas.

El tercer momento destacable fue la queja en horario triple A sobre su falta de vacaciones: “Me disculpan la tos, no he pedido vacaciones en todo lo que llevo”, dijo más acatarrado que nunca, sumido de forma letal en un mar de sinusitis. Se le notaba el peso por el arduo trabajo de estos años en los que no ha descansado un solo festivo. ¿Dónde tomará el presidente sus merecidas vacaciones? ¿En París, para leerle El Capital de Marx al gremio de actores porno? ¿En Manta para escribir otras treinta páginas de su libro?

Yo sé que no son momentos de optimismo; que uno observa las noticias y quisiera sorberse un Pax Caliente y arruncharse a dormir en cucharita con el mismísimo Berto un martes cualquiera a las cuatro de la tarde.

Analicemos los titulares de esta semana:

El expresidente Iván Duque visitó al criminal de guerra Benjamín Netanyahu: aprovechó el encuentro para mandarle saludes de Uribe y ofrecer sus servicios de DJ por si se animan a montar un concierto en la frontera.

Nicolás Maduro se prepara para la inminente invasión de las tropas gringas sacando a la calle a cuatro millones de ancianos a los que arma con palos de escoba. El promedio de edad de los milicianos es de 88 años. Se diría que es la forma con que el régimen bolivariano muestra los dientes a Trump, pero prácticamente todos son muecos y la única caja que les ofrece el gobierno es la famosa Clap. Para tranquilidad nacional, el presidente Berto redactó un trino solidario con Maduro, por si estalla la guerra.

Y en un foro de candidatos, el exministro del Interior de Iván Duque, Daniel Palacios, dijo que agradece a dios todos los días que Petro no hubiera sido presidente durante la pandemia. Se lo dijo a Carolina Corcho. Lo cual significa que Carolina Corcho es precandidata. Y que Daniel Palacios también. Y que el país no es viable.

Posteriormente el doctor Palacios sobrevivió a un accidente porque a su camioneta le sucedió lo mismo que al presidente en sus alocuciones: se quedó sin frenos. El incidente no pasó a mayores. Y en eso se parece a su candidatura.

Conste que no lo digo de mala fe. El doctor Palacios cuenta con toda mi admiración. Es un visionario. En todos los sentidos. Tiene un ojito en el presente y otro en el futuro. Y su suposición cobra sentido en la misma semana en que el presidente se sonaba la nariz con las mangas del saco mientras exponía unas barras que, como sus juicios frente al sector privado, parecían desproporcionadas.

Si a Petro le tocara manejar el covid, su ministro de Salud solo importaría la vacuna de Sinovac, y diría que las demás marcas nos quieren someter a un experimento, y traería una sola: la de él.

El presidente culparía del virus a la codicia, se referiría a la peste como “el covit”, declararía por Twitter la cuarentena y él mismo sería el primero en incumplirla volándose a Panamá.

Hollman Morris se trasladaría a vivir a Palacio para producir Pretensión y acción, un programa presentado por el presidente en el cual divagaría durante horas sobre todo tipo de temas, autores y recuerdos, y afirmaría que el virus se llama covit-19 en homenaje al M-19. No nos enseñaría a preparar Tang de naranja, pero sí sancocho trifásico (“la papa es la papa, el achiote es el achiote”); y promovería la inmunidad de rebaño tomando como ejemplo el tipo de pensamiento de sus seguidores.

Nombraría como director del Instituto de Epidemiología al pastor Saade, que rasparía a diario una pelota de caucho para implorar al virus que se seque en el nombre de Cristo. A los dos meses sería inhabilitado por la Procuraduría y lo reemplazaría Armando Benedetti, que dictaminaría la medida de rociar de alcohol a los visitantes de Palacio y declarar al presidente en cuarentena privada.

El actor Julián Román no trinaría “las vacunas no van a llegar”. Las vacunas nada que llegarían. El presidente anunciaría que las recibiría en Leticia y que en el primer lote de vacunación estaría la clase obrera de sus vecinos de Santa Ana de Chía y en el último la prensa mossad.

Los consejos de ministros serían virtuales y aun así el ministro de Educación llegaría tarde. El Gobierno reinauguraría las carpas que instaló en El Plateado y las presentaría como hospitales de primer nivel, y Berto, entre tanto, anunciaría el envío de 25 mil médicos a la frontera con Venezuela y expondría su fórmula para disminuir el número de pacientes: “Si a alguien enfermo de covid no lo catalogamos como enfermo de covid, habría por definición menos contagiados de covid en Colombia.”

Olmedo López manejaría el fondo para la compra de UCIS; Carlos Ramón González, el negocio de los tapabocas. Vía decreto, el Gobierno ordenaría la expropiación de todas las EPS y las fusionaría en una única entidad estatal manejada por Carolina Corcho: Corchánitas.

El presidente, entre tanto, propondría armar un bloque de países de la Celac para pedir la vacuna a los chinos o importar directamente la cubana. Posteriormente reinventaría el concepto de distanciamiento social para que el pueblo tome distancia de “los ricos, los neoliberales, los uribistas y los nazis”. Que son, básicamente, quienes no apoyen su gobierno.

Al final, las ampolletas nunca llegarían y la única entidad que seguiría poniendo vacunas en el país sería el ELN.

No perdamos la esperanza. No todas son malas noticias. Al menos fuimos eximidos de aquella parte de la historia. Y en cualquier momento el presidente consigue viajar de vacaciones. Quizás lo haga con Daniel Palacios. El visionario.

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