UN DIPLOMA EN LA SAN JOSÉ

El presidente Berto regresó de vender diez millones de toneladas de lechona en Osaka y, sin perder tiempo, se reunió con un estratega de talla internacional que le recomendó “radicalizar su discurso”, lo cual significa que cuando blandía al viento la espada de Bolívar, mientras rugía el desgarrado grito de “¡Guerra a muerte!”, estaba en su versión suavecita.
Quienes hemos sido petristas de los de siempre —de los que acompañamos a Gustavo a inaugurar los mil jardines infantiles de su alcaldía— debemos acudir al llamado y sintonizarnos con el momento. No es tiempo para la tibieza. La defensa del presidente Berto merece toda la vehemencia de la que somos capaces. La prensa mossad no reconoce mérito alguno del gobierno humano, como el de haber logrado la clasificación de la selección al Mundial. Armandito Benedetti tuvo que cobrarlo en un video: “Con la derecha nunca hemos ido al Mundial, ¡viva Colombia!”, dijo, efusivo. Pese a que este es el primer gobierno de izquierda. Y esta, nuestra séptima clasificación.
Los enemigos del cambio dirán que, en resultados deportivos, este gobierno dejó perder los juegos panamericanos porque la ministra del ramo olvidó mandar un correo de confirmación, y jamás llevó a cabo los intercolegiados por los que prometió reemplazarlos.
Para apuntalar el triunfo futbolístico, por eso, el Gobierno debería presentar una reforma, muy de su estilo, para modificar la selección Colombia con artículos como estos:
Artículo 1:
Cámbiese el uniforme insignia de la selección por uno de color zapote.
Artículo 2:
Alinéese en el arco a Pedro Antonio Zape.
Artículo 3:
Desígnese a Miguel Antonio “el Nano” Prince como ejecutor de los pénales (y adelántese una reforma tributaria para financiar los daños al tablero electrónico que produzcan los disparos desviados).
Por si faltaran nuevas e injustas resistencias, la congresista nazi Jennifer Pedraza denunció que la doctora Juliana Guerrero se piensa posesionar como viceministra de Juventud presentando un diploma de dudosa procedencia, emitido por el centro universitario San José, del que se graduó como contadora en apenas quince días y sin haber presentado la prueba Saber Pro, como lo exige la ley: aunque cuenta con el requisito de estar ahí para retar a la opinión.
Vamos por partes. La semana pasada, la Procuraduría inhabilitó para ocupar cargos públicos al excanciller Álvaro Leyva por diez años: contaremos con él, entonces, cuando se lance a la presidencia en el 2038 para celebrar sus 142 primaveras.
El doctor Leyva era el candidato ideal para ser nombrado viceministro de la Juventud, así como el doctor Juan Carlos Florián ocupa la cartera de la Igualdad en cumplimiento de la ley de cuotas de género. Se dirá que es varón, pero él mismo aclaró que es una “ministra persona marica” y que se autopercibe, si no mujer, al menos de género fluido, aunque no tan fluido como Juan Manuel Santos al hablar o el exsenador Álex Flórez cuando protagonizó aquel famoso accidente en Cartagena que lo condujo no solo a pasar vergüenzas sino a una molesta pañalitis.
Del mismo modo, el doctor Leyva se podía autopercibir joven, pero inhabilitado como está, y distanciado del Gobierno, la llamada para ocupar el cargo es Juliana, aquella muchacha de 23 años que trabajaba como asesora de Armandito Benedetti adelantando delicadas labores de inteligencia para las cuales se transportaba sigilosamente en aviones de la policía, mientras su hermana consignaba la misión secreta en su cuenta de Instagram.
La doctora Juliana cuenta con el sello de garantía “Armando Benedetti Avellaneda”, formador nato de jóvenes talentos, como lo hizo alguna vez con Laurita Sarabia: la recibió como una simple asistente y la entregó tres años después con una hoja de vida que al doctor Darío Echandía le tomó cuatro décadas cultivar.
Con Juliana sucede algo semejante. A sus 23 añitos fue formada por ese coach del talento púber que acelera las mejores semillas del país para que florezcan de manera frondosa en cargos públicos.
Pero los enemigos del cambio ponen en duda la amplia trayectoria de Juliana, que ella misma esbozó en una memorable declaración según la cual para ocupar el Ministerio de la Juventud cuenta con el requisito más importante, el de ser joven, actividad en la que, según dijo, lleva una experiencia de siete años: siete años como joven. No son los mismos de César Augusto Londoño o Julio Correal, que llevan siendo jóvenes cincuenta años, uno por cada pulsera que se cuelgan en la muñeca. Pero es tiempo suficiente.
No obstante, llevar el pelo crespo, como en su momento el propio Zape, y ser mujer, como el ministro Florián, desataron la furia de la oligarquía y ahora ponen en duda, incluso, el prestigio de una universidad tan importante como la San José: un centro educativo de primera, así quede en la quinta. Yo mismo lo visité esta semana. Cuenta con unas instalaciones de ensueño: un garaje con tubos de luz blanca mucho más moderno que los del Siete de Agosto.
Hay una tienda en la fachada. La rectora y propietaria atiende ella misma la portería y cuando llegué estampaba su rúbrica en algunos diplomas: Pastor Alfredo Saade, otórgasele el título de profesional en Pasaportes; doctor Gustavo Petro, otórgasele el título de Lechonólogo.
Pedí el baño y me extendieron unas llaves (y con las llaves, un diploma). Le pregunté a la propietaria si conocía a Juliana Guerrero, y la recordaba.
—Se graduó con honores —me dijo—. Aunque sin las pruebas Saber Pro.
—¿Y eso por qué, mi señora? —le pregunté.
—Porque las pruebas Saber Pro eran fáciles en épocas de Duque, pero ahora son difíciles y es mejor no presentarlas.
De salida, en la tienda, compré un paquete de papas y en la bolsa había otro diploma: técnico en Defensa del Gobierno.
Acá lo hago valer. Radicalicemos, pues, el discurso. Hagamos respetar a doña Juliana. No importa cuántos sapos nos tengamos que tragar. Tampoco su tamaño: pueden ser sapotes. Como el color del nuevo uniforme de la selección.
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Martes 14 de octubre
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