BRYCE ECHENIQUE

El pasado 10 de marzo murió Alfredo Bryce Echenique en su Lima natal. Novelista, cuentista y ensayista, cercano al Boom Latinoamericano, aunque nunca fue reconocido oficialmente como parte de este. Incomprensible, claro, sobre todo porque su obra está atravesada por esa nostalgia tan propia del exiliado latinoamericano y está marcada por el convulso contexto político característico del sur del continente, propios de la pluma de los señores del Boom.
El mundo hispanohablante lo conocía por sus novelas “Un mundo para Julius” y “La vida exagerada de Martín Romaña”, pero entre su nutrida lista de novelas se encuentra una que quizás, en su momento, pasó sin pena ni gloria. Me refiero a “La Amigdalitis de Tarzán”, a mi juicio, digna representante de la literatura epistolar. Por medio de cartas, que viajan de acá para allá, entre Lima, Paris, Chile, Estados Unidos, una pareja separada “por los avatares del destino” narra su historia, pero también la de la Latinoamérica de la época. Él, oriundo de Lima, músico exiliado, ella, salvadoreña, aristócrata, viven una relación que conocemos gracias a las cartas que se escriben durante años. Una relación que es todo y no es nada. Un amor truncado por las imposibilidades, la distancia, por los desencuentros y por una falla constante en, lo que los protagonistas llaman, el estimated time of arrival – ETA.
Me la topé cuando tenía 16 años, y hoy, con casi 40, regreso a ella cada vez que me duele el corazón. Leerla, releerla, es la mejor forma de sobrellevar una ruptura, un mal de amores, “una tusa”. Cada nuevo acercamiento implica una nueva forma de entenderla. Los ojos de una niña de 16 años no son los mismos de una mujer de mi edad. Sin embargo, siempre se va a ser una curita para el alma porque nos recuerda que hay amores que no necesariamente tienen que concretarse y etiquetarse para ser importantes, reales y verdaderos. Sucede, como de manera reconfortante afirma Bryce, que no importa cuando nos duela esa espina de “lo que pudo haber sido y no fue” clavada en el alma, mientras el sentimiento se sepa mutuo. La idea de que al final no importa cuánto nos duela alguien, porque lo relevante es lo que ha significado en nuestra vida, se ve reivindicada por medio de la historia de dos personas que se encontraron en el momento menos indicado de la realidad de sus países y de su vida.
Por ello, creo, los dolores propios de los protagonistas son también los dolores latinoamericanos de la época: la soledad del exilio, la lejanía, la incertidumbre sobre un futuro y la miedosa certeza de que un encuentro cercano no será posible. Esa relación, como la propia América Latina, está ahora fracturada. Solo quedan las cartas que soportan el paso del tiempo, las inclemencias del clima e, incluso, un robo a mano armada en alguna calle de Estados Unidos, como testigos silenciosos de lo único que pudo ser.
Al final, con el corazón roto, pero un poco menos adolorido, descubrimos que Tarzán es ella, quien después de años de padecer amigdalitis, por fin se atreve a gritar y a lanzarse al agua después de balancease en la liana, asumiendo que nada fue tiempo perdido, que ese amor fue el mapa de ruta de su vida y la malla de seguridad que la salvó siempre de sus malabares fallidos. Algunos dirán que se trata de una oda a la resignación, otros que es la romantización de una relación tóxica que no avanza pero que tampoco termina. Lo que esos críticos no entenderán es que, algunas veces, lo que es, es lo que hay. Que el desencuentro constante es una forma de estar y que los amores que no se materializan no dejan de ser amores, a pesar de las cuchilladas y los errores que marcan la historia.
Entonces, lo que nos deja Bryce con esta novela es el recordatorio de que debemos entender que no somos nada sin lo que fuimos, lo que no fuimos y lo que pudimos ser, que el pasado, en ocasiones, va a ser parte nuestro futuro, que vale la pena, de vez en cuando, derramar un par de lagrimones por ese amor que existió pero que no fue y que, a pesar de las embestidas de la vida, en el fondo, siempre seremos mejores por carta.
*Profesora y directora del Grupo de Investigación en Derecho Penal de la Facultad de Jurisprudencia de la Universidad del Rosario. En X: @MKamilaC.
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