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TIEMBLAN LOS PAÍSES FELICES

TIEMBLAN LOS PAÍSES FELICES
Daniel Samper Pizano
Los Danieles

TIEMBLAN LOS PAÍSES FELICES

Por una extraña circunstancia, que no sé si llamar destino, coincidencia o ley oculta, hay lugares que desaparecen de la atención pública durante un tiempo y de repente estallan como epicentros de noticias. Ejemplo mítico es el de Egipto y sus siete plagas, aunque en Colombia también hemos experimentado explosión de catástrofes. ¿Recuerdan el país de mediados de 1985, que buscaba la paz bajo el suave mando de un presidente humanista? ¿Y cómo en una semana de noviembre nos cayeron encima el asalto, masacre e incendio del Palacio de Justicia y la tragedia de Armero?

La historia de Venezuela empieza con sangre. En sus costas, según el historiador nacional Manuel Vicente Magallanes, tuvo lugar en 1499 el primer encuentro armado entre conquistadores españoles y aborígenes americanos. Después los anales venezolanos aparecen salpicados de gloria (Miranda, Bolívar, Betancourt), militares excluyentes, fugaces democracias y una larga lista de caudillos y presidentes corruptos: desde el más duradero, Juan Vicente Gómez, hasta Hugo Chávez y Nicolás Maduro, a los que sigue el dúo Donald Trump-Delcy Rodríguez. 

El pasado miércoles dos terremotos casi simultáneos devastaron ciudades y pueblos venezolanos y causaron cientos de muertos. Algunos culpan de la tragedia a la cruel naturaleza, otros a una arquitectura que no contemplaba peligros telúricos y, finalmente, hay quienes creen que tras el doble remezón mortal “algo se esconde”. ¿La prueba atómica de alguna potencia? ¿Un experimento brutal y fallido de extracción masiva de petróleo?  ¿O simplemente la inmisericorde mano de Dios? Es posible que no lo sepamos nunca. 

Por casualidad, a pocos cientos de kilómetros del foco del pavoroso temblor, Colombia cerraba un histórico capítulo: un partido de izquierda que perdió las elecciones reconocía el triunfo del rival ultraconservador sin derramar una sola gota de sangre. El domingo pasado se cumplieron democráticamente las elecciones; democráticamente ganó Abelardo de la Espriella (ADLE); Iván Cepeda reconoció la derrota democráticamente y democráticamente la ciudadanía dijo que quería cambiar de gobierno. 

De esta manera el país escogió un rumbo que lo puede llevar democráticamente a un fiasco. Muchos que votaron sin reflexión, bien por mero odio a Gustavo Petro o porque se puso de moda el Tigre o arrebatados por la música bailable, descubrirán pronto a quiénes otorgaron peligrosos poderes en las urnas. 

La primera novedad que hallarán en la pintoresca patria milagro será Donald Trump, un antiguo enemigo —recuerden que amenazó con invadir a Colombia— convertido en un nuevo mejor amigo al que muchos atacaban y en adelante deberán aplaudir. Se enterarán de que ahora, según la Casa Blanca, Colombia será un país feliz (Happy country). 

Irónicamente, el presidente gringo inventó y aplicó el término a Venezuela, tras invadirla y ponerla bajo su protectorado.

El plutócrata también se ufana de haber logrado el triunfo de ADLE y, al hacerlo, reconoce su indebida intervención en las elecciones colombianas. Pero su alegato es mentira redomada, como casi todo lo que él barbulla. Veamos. En la primera vuelta, De la Espriella superó a Iván Cepeda por 673.138 votos (10.361.499 vs. 9.688.361); y en la segunda, tres semanas más tarde, la diferencia había casi desaparecido hasta quedar en 250.830: Abelardo 12.959.542 y Cepeda 12.708.712. De 670 mil a solo 250 mil de ventaja.

¿Fue ese el supuesto empujoncito de Trump? Nada menos que un retroceso. Si la campaña hubiera durado dos semanas más, Cepeda habría superado al abogado cantante y deberíamos asignarle el fracaso a Trump.

Pero no ocurrió así. El Tigre ganó legítimamente y quienes votaron por él al son de la tambora no sospecharon las sorpresas que los esperan. Bastaron horas para descubrir a su nuevo patrón internacional, responsable de 200 lancheros asesinados sin juicio ni sentencia en los mares que rodean a Colombia. Pronto sabrán que este sujeto es uno de los gobernantes que más desconfianza suscitan en el mundo. Según recientes encuestas del prestigioso centro Pew Research, tres de cada cuatro entrevistados recelan de él. 

Pese a ser uno de los mortales que convocan más antipatía en el mundo y en su país (donde el 63 % lo desaprueba), es el héroe de nuestro presidente electo, con quien intercambia lambonería. Pero más desagradable aún es otro mentor suyo, Benjamín Netanyahu, el enemigo planetario público número uno. El repudio que despierta el primer ministro judío contaminó a Israel, país que antes contaba con numerosos simpatizantes. Quienes votaron por De la Espriella han de saber que el nuevo mandatario colombiano admira a este matón que ordenó liquidar a 80.000 civiles (más de la mitad niños) en Gaza y alrededores. El barranquillero polícromo sueña con renovar relaciones con el régimen ultraderechista, mientras la ONU condena sus cercos de hambre y sus bombardeos y la Corte Internacional se propone juzgarlo. 

Todo ello tiene una explicación fácil que la campaña cumbiambera escondió tras los telones, y es que ADLE acata el rechazo que sus dos maestros profesan por las entidades de beneficio mundial. Por eso, cuando el Tigre se posesione, Colombia se retirará de la ONU y la OEA, ingresará a un circulito de gobiernos extremos de mediopelo que se agitan al ritmo de la Casa Blanca y abrirá sus puertas al US Army.

Quizá muchos abelardinos ignoran que en 1903 Colombia acudió a los soldados gringos para aplacar una tensa situación interna de orden público en el entonces departamento de Panamá. Washington asumió el problema, propició la independencia de la región y se quedó con la zona del canal. ¿Lo sabrá el doctor De la Espriella? ¿Arriesgará que algo parecido suceda en el Catatumbo, el sur del Pacífico o los Montes de María? Hay terremotos políticos que no miden los sismógrafos.

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