
Matar no era suficiente: diez crónicas breves del cadáver como mensaje en Colombia
El presidente Abelardo de la Espriella camina entre los cadáveres de guerrilleros muertos en combate, en un video compartido en sus redes sociales. Foto: @ABDELAESPRIELLA.
Mientras Medicina Legal rechaza la difusión de imágenes de personas fallecidas, como ocurrió con las de alias “Bendito Menor”, queda flotando una pregunta incómoda: ¿por qué en Colombia la muerte ha sido tantas veces convertida en espectáculo, trofeo o mensaje? Diez historias de nuestra violencia permiten asomarse a esa extraña fascinación por el cadáver.
Por: Armando Neira
Hay algo que no termina cuando termina la vida. El cuerpo queda. Queda en el lugar de la muerte, en una fotografía, en una pantalla de celular, en la memoria de quien lo vio por última vez. Queda también, a veces, convertido en mensaje.
El Instituto Nacional de Medicina Legal rechazó en las últimas horas la difusión en redes sociales de imágenes del cuerpo de Naín Andrés Pérez Toncel, alias “Naín” o “Bendito Menor”, mientras su búsqueda se convertía en tendencia y las imágenes de su cadáver comenzaban a circular.
“El Instituto rechaza de manera categórica la difusión y exposición de imágenes de personas fallecidas, por cuanto constituyen una vulneración a la dignidad humana, afectan la privacidad de las víctimas y generan un impacto adicional sobre sus familiares y seres queridos”, manifestó la entidad en un comunicado.
Según Medicina Legal, desde sus sedes no se tomaron fotografías del hombre, abatido por las autoridades en La Guajira. El pronunciamiento ocurrió mientras continuaba otra controversia: la decisión del presidente de la República, Abelardo de la Espriella, de caminar entre los cuerpos de un grupo de miembros de las disidencias después de una operación en el Guaviare.
Dos escenas distintas. Una misma pregunta. ¿Qué nos pasa frente a los muertos? No es un interrogante nuevo. En Colombia, el cadáver ha sido durante décadas algo más que el cuerpo de alguien que dejó de respirar. Ha sido advertencia, amenaza, trofeo, prueba, espectáculo. Ha sido una manera de hablarles a los vivos.
La antropóloga María Victoria Uribe Alarcón estudió esa dimensión de la violencia en Matar, rematar y contramatar. Las masacres de la Violencia en el Tolima 1948-1964, publicado en 1990.
La antropología forense, la psicología social y la sociología permiten aproximarse al fenómeno. No se trata de una supuesta condición “colombiana”, ni de una inclinación biológica de un pueblo hacia la crueldad. Se trata de una conducta que puede arraigarse en sociedades sometidas durante largos periodos a la violencia, al miedo y a la exposición reiterada de la muerte.

Hay, al menos, tres caminos para intentar entenderla. Primero, la desensibilización. Una sociedad que durante décadas contempla masacres, guerras, narcotráfico y asesinatos puede terminar viendo como cotidiano aquello que alguna vez le habría parecido insoportable. La exposición repetida a la violencia puede levantar una costra sobre el horror. Y cuando el horror se vuelve paisaje, también puede empezar a erosionarse el respeto por el cuerpo.
Segundo, la muerte convertida en poder. La necropolítica —el concepto que examina el poder de decidir quién vive, quién muere y bajo qué condiciones— ayuda a entender por qué el cadáver puede convertirse en instrumento de dominación. En la historia de la violencia colombiana, el cuerpo del enemigo no siempre fue simplemente abandonado. Fue mutilado, marcado, exhibido. Los cortes rituales de la Violencia partidista tenían una gramática propia. Cada herida decía algo. Cada cuerpo expuesto tenía destinatarios. La muerte hablaba.
Y tercero, el espectáculo. Durante años, algunos medios de comunicación llevaron los cadáveres a las portadas, a los noticieros, a las pantallas. La cultura del clic añadió una nueva capa: la muerte podía convertirse en contenido, y el morbo, en tráfico.
Así, poco a poco, el cadáver puede dejar de ser visto como el cuerpo de alguien que tuvo una historia, una familia, un nombre. Puede convertirse simplemente en una imagen.
Antes de las redes sociales, los cuerpos ya habían sido utilizados como mensajes. Mucho antes de que existieran los teléfonos inteligentes, Colombia ya tenía un vocabulario para nombrar el horror.
Los primeros cuatro relatos —corte de corbata, corte de franela, corte de florero y bocachiquiar— pertenecen a la época de La Violencia partidista, el periodo de enfrentamientos entre liberales y conservadores que azotó principalmente las zonas rurales del país entre 1948 y 1958.
La violencia se desató en medio de una profunda crisis política y social tras el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán y el Bogotazo de 1948. Los Santanderes, el Tolima, Antioquia, el Gran Caldas y el Valle del Cauca estuvieron entre los territorios más golpeados. Allí, la muerte adquirió nombres. Y los nombres, a su vez, se convirtieron en una especie de diccionario de la barbarie.
Los cuerpos eran mutilados y expuestos para sembrar miedo, castigar al adversario, advertir a los sobrevivientes y vaciar territorios enteros. Matar no siempre era suficiente. Había que dejar un mensaje.

En tiempos recientes también ha habido gobiernos que han argumentado que la difusión de imágenes de los cuerpos de personas abatidas por las autoridades era necesaria para disipar dudas sobre su muerte, evitar que algunos sectores alimentaran la versión de que seguían con vida y conjurar la construcción de mitos alrededor de sus figuras.
Ocurrió, entre otros casos, con el narcotraficante Pablo Escobar Gaviria y con los jefes de las FARC Raúl Reyes, alias “Mono Jojoy” y Alfonso Cano, cuyas muertes fueron acompañadas por la exhibición pública de imágenes de sus cuerpos.
Estos son diez relatos de una historia de la que, al parecer, no se ha escrito la última página.
1. Corte de corbata. La lengua sobre el pecho. Esa es la imagen que quedó asociada al llamado “corte de corbata” o “corbata colombiana”. La práctica consistía en hacer una profunda incisión en la garganta de la víctima y extraer la lengua para dejarla caer sobre el pecho, como una corbata.
El método ha sido atribuido históricamente a los “chulavitas” —facciones de la Policía y grupos armados afines al conservatismo— y a los “pájaros”, sicarios conservadores. Con la expansión de la violencia, grupos de guerrillas liberales, conocidos como “limpios” o “chusmeros”, también terminaron adoptándolo.
La forma del corte tenía una carga política. Se la ha relacionado con la corbata roja utilizada como símbolo por simpatizantes liberales. Pero el significado más profundo estaba en otra parte. El cuerpo hablaba por el asesino. Era una advertencia para los vivos: aquí estuvo el enemigo. Esto puede ocurrirle a quien hable, a quien resista, a quien permanezca. El muerto era el mensaje.
2. Corte de franela. El nombre parece casi doméstico. Franela. Pero detrás de esa palabra estaba otra forma de horror. El “corte de franela” consistía en una incisión circular y profunda alrededor del cuello, semejante al borde de una camiseta de cuello redondo.
El arma habitual era el machete: la herramienta del campesino convertida en instrumento de guerra. La práctica fue atribuida principalmente a “chulavitas” y “pájaros”, así como a las “chusmas” o guerrillas liberales que actuaban en el campo. Como en el corte de corbata, el nombre cotidiano ocultaba la violencia. Tal vez esa era parte de su poder. La barbarie también puede comenzar cuando encuentra una palabra sencilla para nombrarse.

3. Corte de florero. Después del asesinato venía algo más. La víctima era decapitada y mutilada. Los brazos y las piernas eran introducidos dentro del torso por la abertura del cuello, hasta formar una macabra composición que evocaba un florero. Un cuerpo convertido en objeto. Una persona convertida en una figura. Una muerte convertida en mensaje.
El “corte de florero”, junto con los cortes de corbata y franela, quedó inscrito en la memoria de la Violencia como una de las expresiones más brutales de la deshumanización. Décadas después, en 1997, el artista Juan Manuel Echavarría realizó la serie fotográfica Corte de florero. Utilizó huesos humanos reales para construir composiciones que evocaban tallos y pétalos. La obra hizo lo contrario de aquello para lo que fueron utilizados originalmente los cuerpos: no buscó aterrorizar, sino recordar.
4. Bocachiquiar. Un pez. De ahí viene el nombre.
“Bocachiquiar”, también “bocachiquear”, alude al bocachico, un pez de agua dulce abundante en los ríos del país. Para prepararlo, pescadores y campesinos realizan cortes finos y sucesivos sobre el lomo. La violencia tomó prestada esa imagen. La práctica consistía en realizar múltiples incisiones sobre la piel y los músculos de una víctima viva, provocando una pérdida progresiva de sangre.
La palabra cotidiana se convirtió así en una palabra para el tormento. La investigación La Violencia en Colombia, publicada en 1962 por Germán Guzmán Campos, Orlando Fals Borda y Eduardo Umaña Luna, documentó esta y otras formas de sevicia utilizadas durante aquel periodo. Hasta el lenguaje había sido arrastrado por la violencia.
5. Muertos en el aire. El paisaje es una montaña. Abajo, la verde vegetación de Cundinamarca. Arriba, un helicóptero. Y de él, suspendidos por cuerdas o eslingas, los cuerpos de guerrilleros abatidos en tiempos de la política de seguridad democrática del entonces presidente Álvaro Uribe.
Las imágenes aparecieron durante la Operación Libertad, una de las grandes ofensivas militares desplegadas por el Ejército a finales de 2003 contra estructuras de las FARC en las goteras de Bogotá, particularmente contra fuerzas vinculadas con alias “Romaña” y el Bloque Oriental.

Los mandos militares explicaron que las condiciones del terreno —la vegetación, la dificultad para aterrizar y la persistencia de los combates— hacían necesario evacuar los cuerpos mediante sistemas de carga externa. La explicación operativa no apagó la discusión. Las fotografías abrieron otra pregunta: incluso después de morir, ¿qué tratamiento merece el cuerpo del enemigo?
En las imágenes, los cadáveres parecían continuar en combate. Pero ya no combatían. Colgaban del cielo.
6. Bailar entre los muertos. En El Salado hubo música. Como un buen fandango. Eso es quizá lo más difícil de imaginar.
Entre el 16 y el 22 de febrero de 2000, unos 450 paramilitares de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), bajo el mando de Rodrigo Tovar Pupo, alias “Jorge 40”, y Rodrigo Mercado Pelufo, alias “Cadena”, asesinaron a más de 60 personas en este corregimiento de El Carmen de Bolívar, en los Montes de María. La plaza se convirtió en escenario de torturas y asesinatos.
La matanza se prolongó durante cuatro días. Según los relatos de sobrevivientes recogidos por el Centro Nacional de Memoria Histórica, a algunos ancianos los obligaron a bailar mientras disparaban cerca de sus pies. Hubo víctimas de violencia sexual y personas asesinadas durante las torturas. Por los parlantes del pueblo sonaba música.
La fiesta y la muerte quedaron unidas para siempre. No era solo una masacre. Era una puesta en escena del terror para que las víctimas siempre asociaran que hasta sus fiestas deben ser tristes como una masacre.
7. Mezclar los muertos. A veces la violencia no quiere que el muerto sea encontrado. Quiere que desaparezca.
Las fosas clandestinas fueron una de las formas más persistentes de desaparición forzada durante el conflicto armado. Distintos actores, entre ellos las FARC, recurrieron al entierro clandestino de cadáveres en selvas y zonas rurales. Los cuerpos quedaban sin nombre. “NN”. Sin tumba. Sin ceremonia. Sin un lugar al cual llegar a llorar. Antes de las guerrillas, fueron agentes del Estado en unión con particulares que pusieron esta actividad en práctica.
Para los familiares, la muerte no terminaba allí. Al contrario: comenzaba una búsqueda que podía durar años o décadas. Preguntar.
Caminar. Excavar. Esperar. La desaparición convirtió incluso el duelo en una incertidumbre.
8. Una mano como prueba. El 3 de marzo de 2008 murió Iván Ríos, quien fue uno de los voceros de las Farc durante las fallidas conversaciones de paz en el Caguán con el gobierno de Andrés Pastrana. Su nombre real era Manuel de Jesús Muñoz Ortiz. Tenía 46 años y se encontraba en una zona rural de Samaná, Caldas. No lo mató el enemigo. Lo mató uno de los hombres encargados de protegerlo.
Pedro Pablo Montoya, alias “Rojas”, era su jefe de seguridad y escolta. Lo asesinó mientras dormía, en medio de la presión militar sobre el campamento y con la intención de cobrar la recompensa ofrecida por el Gobierno. Después hizo algo más. Le cortó la mano derecha. La llevó a las autoridades militares de la VIII Brigada del Ejército como prueba de que Iván Ríos estaba muerto. La mano se convirtió en documento.
La recompensa, según el relato oficial, rondaba los 5.000 millones de pesos, aunque “Rojas” recibió solo una fracción. Sostuvo que había actuado también por temor a ser acusado de traición y llevado a un consejo de guerra. Un peritaje psiquiátrico de Medicina Legal, fechado el 17 de mayo de 2009, concluyó que Rojas se encontraba en pleno uso de sus facultades mentales y que el crimen había sido premeditado. Actuó como alguien normal.
Fue condenado a 18 años de prisión por homicidio agravado. Recuperó la libertad por buen comportamiento. En 2019 fue asesinado en una zona rural de Caldas. La historia había cerrado un círculo extraño. Primero, una mano como prueba de una muerte. Después, otra muerte sin prueba.
9. Que se muera de a poquitos. Hay formas de matar deprisa. Y hay formas de hacer que la muerte tarde. Las FARC-EP y el ELN recurrieron a métodos de extrema crueldad que afectaron a civiles y combatientes. Las minas antipersonal podían arrancar una pierna, destrozar un cuerpo, dejar a una persona agonizando en medio de una zona rural donde la ayuda tardaría horas o días en llegar.
Los cilindros bomba —armas imprecisas y de enorme capacidad destructiva, como los utilizados en la masacre de Bojayá— multiplicaban el daño mediante metralla y otros elementos. Y estaba el secuestro. Hombres y mujeres encadenados durante años en la selva. Enfermedades. Picaduras. Hambre. Leishmaniasis. Desnutrición.
Según ha documentado la Comisión de la Verdad, para muchos secuestrados la muerte no era un instante. Era una espera. Una forma prolongada de desaparecer.
10. Cabezas humanas como balón de fútbol. Hay relatos que parecen imposibles. Este es uno de ellos.
En la memoria de la violencia colombiana aparecen testimonios que relacionan a estructuras de las Autodefensas Unidas de Colombia con episodios de extrema sevicia, entre ellos hechos asociados con El Salado y la Comuna 13 de Medellín.
En esta última, durante la violencia de 2002 y los hechos relacionados con la Operación Orión, algunos pobladores aseguraron que integrantes de estructuras paramilitares decapitaron personas y jugaron con sus cabezas en las calles antes de exhibirlas públicamente.
Excomandantes paramilitares como Freddy Rendón Herrera, alias “El Alemán”, han negado episodios específicos de este tipo y han sostenido que representarían un grado de depravación ajeno a sus prácticas.
Pero los testimonios de víctimas y los informes del Centro Nacional de Memoria Histórica han documentado formas de sevicia utilizadas para aterrorizar y someter a las comunidades.
Al final, quizá el asunto no sea únicamente cómo murieron. Es qué hicieron los vivos con sus cuerpos.
Porque en Colombia, demasiadas veces, matar no fue el final.
Después vino rematar.
Después, contramatar.
Y después, convertir el cadáver en una historia para quienes seguían vivos.
Lea los comentarios











