
Paradójicamente, las próximas elecciones de mitad de término en Estados Unidos se han constituido en una seria amenaza para la democracia estadounidense. Levitsky y Ziblat lo dijeron hace rato en su libro Cómo mueren las democracias: los más fuertes ataques contra la democracia ya no son externos, los enemigos de esta forma de gobierno juegan el juego electoral para hacerse al poder y después buscan derrumbar los cimientos del sistema político desde adentro.
Tal como lo reportó el Washington Post hace un par de semanas, la mayoría de los candidatos republicanos que competirán en las próximas elecciones para la Cámara, el Senado y puestos claves en la administración de los estados, ha negado o cuestionado el resultado de la elección presidencial anterior. De 569 candidatos republicanos que analizó ese periódico, 291 –el 51 por ciento– son negacionistas y han suscrito públicamente la tesis de que a Trump le robaron las elecciones. Peor aún, la mayoría de esos candidatos tiene grandes posibilidades de ganar.
Entre otras cosas, este grupo de republicanos radicales está dispuesto a lo que sea para poner sus fichas en las secretarías de estado, en las fiscalías locales y otros puestos a nivel estatal claves en el proceso de escrutinio electoral. Si su plataforma política es que fueron justamente esas entidades las que supuestamente le robaron las elecciones a Trump (reclamo que no ha podido ser probado de ninguna forma y que muchos especialistas en materia electoral insisten en que no tiene ningún asidero en la realidad), y por eso ahora deben estar bajo su control, es claro que el plan es el debilitamiento institucional a ese nivel y, por tanto, solo seguirá una erosión rápida del proceso electoral.
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