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Gabriel Silva Luján
Puntos de vista

Cualquier parecido…

Al comienzo de los años noventa, el escritor Mario Vargas Llosa dijo sobre México y el Partido Revolucionario Institucional (PRI) que, “La dictadura perfecta no es el comunismo, no es la Unión Soviética, tampoco Fidel Castro; la dictadura perfecta es México. Porque es una dictadura camuflada”. Mucha razón le cabe a Vargas Llosa dado que el PRI gobernó ese país de manera hegemónica durante más de dos tercios del siglo XX.

Existen muchas interpretaciones históricas que buscan explicar las razones que permitieron que ese partido, hijo de la revolución mexicana, se convirtiera en la práctica en partido único. La mayoría coincide en que la nacionalización del petróleo y la inmersión profunda del Estado en la actividad económica -con una presencia muy significativa de institutos, agencias, empresas y entidades públicas en todos los sectores- le dieron al PRI una capacidad enorme para perpetuarse.

Con un sistema altamente regimentado de cooptación clientelista de los liderazgos políticos y sociales, con una retórica populista y revolucionaria, con el nacionalismo como excusa, con subsidios perennes a la población, con barreras legales de entrada a cualquiera que quisiera romper el monopolio, y con la asignación a dedo de privilegios a los empresarios, el PRI se mantuvo hegemónicamente en el poder hasta el año 2000. La parte más interesante del modelo es que lo logró realizando elecciones y con una institucionalidad “democrática”.

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