
Yo no sé ustedes, pero yo antes que amar a mi mamá, yo lo que estaba era enamorado de ella, que es bien diferente. Sentía como una especie de maripositas en el estómago cuando la iba a ver, me daba un poquito de ansiedad en los instantes previos a nuestros encuentros, sufría como un condenado buscándole un regalo cuando viajaba o en alguna fecha especial, e invariablemente quedaba medio aburrido cuando nos despedíamos, tratando siempre de que no se me notara.
Mi mami se murió el sábado 19 a las nueve de la noche y desde temprano la vimos agonizar. Ese día, cuando llegué por la mañana a la clínica y estaba en la puerta listo para ingresar, el radio de comunicaciones de la portera sonó muy duro y escuché con total claridad la instrucción del supervisor: “Compañeros, código lila para la 427, señora Ana Mercedes Moreno de González, a todo el que pregunte por la 427, déjenlo entrar sin problema”. Entonces sentí un frío aterrador.
—¿Para dónde va, señor?, me dijo la encargada.
—Para la 427, le respondí.
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