
Al cumplirse el sexto aniversario del acuerdo de paz con las Farc, más allá de balances estadísticos y presupuestales, es importante profundizar en sus efectos sobre la democracia colombiana. Se discute mucho sobre avances de la JEP, problemas con el desarrollo rural o parálisis del PNIS, pero muy poco sobre el impacto político de la desaparición del movimiento armado ilegal más poderoso del país en cinco décadas.
Seis años después se puede decir que con la firma de la paz con las Farc ganó el país, se consolidó la alternancia democrática y se demostró además la inutilidad y el fracaso de la lucha armada para quienes aún insisten en forma torpe y arrogante en ese camino. Ganó también la izquierda democrática que en 200 años jamás había gobernado y sin duda el acuerdo permitió espantar los sustos de sectores que asociaban a los progresistas con la violencia guerrillera. Y, perdieron las Farc por su insistencia en la participación en política, antes que comparecieran ante la JEP los responsables de crímenes de guerra y delitos de lesa humanidad.
Tras la apretada derrota del plebiscito, el presidente Santos se empeñó en buscar un consenso alrededor de modificaciones sustanciales al acuerdo. Se aceptaron la mayoría de las planteadas por el uribismo, con excepción de la posibilidad inmediata de participar en política, ante la negativa de las Farc a explorar opciones. Terminó este tema, entonces, convertido en el argumento principal del Centro Democrático para negarse al acuerdo, aunque al final fue evidente que pesaron más la animadversión personal de Uribe contra Santos y las aspiraciones electorales de su partido para 2018.
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