
Ando haciendo algo de lo que no tengo ni la menor idea: vendo libros. Por fortuna, quienes me rodean se encargan de todo. Yo apenas los firmo y —al unísono— ellos se oponen rotundamente a que me exceda en mi aporte.
Me tratan como si fuera una porcelana italiana (al menos es de las más finas) y entonces no me queda otro remedio que cruzarme de brazos y detenerme a mirarlos, a uno por uno, a la publicista, a la financista, a los de ventas, al conductor, al de logística, a la de alimentos y bebidas (mi favorita), todos trabajando como si estuvieran en periodo de prueba, todos aportando, todos a costo cero, renunciando a sus cotidianidades a sabiendas de que no habrá pago de horas extras, todos enamorados del producto, como si fuera de ellos, comportándose como los dueños de alguno de esos once capítulos, mejor dicho, como si fueran los autores de mi novela, que es una historia de amor —por supuesto con desamor incluido, como todo buen romance que se respete— medianamente retorcida, como son casi todas las historias de amor, al menos las que no se olvidan.
Sé por qué lo hacen y sin embargo me pregunto ¿por qué lo hacen? Sé la respuesta y sin embargo me respondo: por amor. Sé que es por amor y como yo también los amo me dejo llevar por los recuerdos que me asaltan con cada uno de ellos y siento una placentera sensación en cada viaje al pasado porque —generalmente— la remembranza está mediada por un momento de solidaridad, virtud a la que considero como la máxima expresión del amor, el valor que salvará a nuestra raza cuando estemos a punto de desaparecer, porque cada vez nos odiamos más y nos soportamos menos, un día que muchas veces —tristemente— no pareciera tan lejano.
Artículo exclusivo para suscriptores
Suscríbete para acceder a todo nuestro contenido.
SuscribirmeLea los comentarios














