El presidente de la república hizo exactamente lo mismo que sus antecesores; Uribe se vanagloriaba de haber extraditado más de mil colombianos; Santos, un poco menos; y Duque, acercándose. Me acuerdo que esta estrategia de lavarse las manos comenzó hace casi 40 años —al menos hasta donde yo recuerdo — con lo de Hernán Botero, quien fuera presidente del Atlético Nacional, famoso—además de sus delitos— por haber esgrimido unos billetes en un partido de su adorado equipo en el Atanasio Girardot, como señalándole al árbitro que estaba comprado para pitar en contra del verde.
Y luego, la de Carlos Lehder, en el 87, vendido por sus amigos narcotraficantes para calmar la furia gubernamental que no cesaba desde el crimen del ministro de Justicia Rodrigo Lara Bonilla.
Y de allá hasta nuestros días, eso no ha parado.
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