
“Lo contrario a la música son ciudades destruidas”: Zelenski -Vía Grammy’s 2022-
Me había metido el reloj en el bolsillo, pese a que Arteaga me advirtió que no lo llevara. Íbamos apretados en una buseta a las diez de la noche de un viernes de 1989, recorriendo la carrera 13 hacia el sur. El último recuerdo que tengo del mundo conocido, fue el letrero del Cream Helado de la 30 y pico con 13 que pasó fugaz ante mis ojos y que sabía, era la última frontera. Los cocacolos de los 60 fundaron la adolescencia en ese lugar que para mí era mitológico por las historias de mis hermanos mayores.
El revolú de la hora pico ya había cesado. El conductor de la buseta cajeteaba la transmisión en la palanca de cambios con empuñadura de alacrán, mientras la tracción de las llantas horadaba el agua de los charcos que habían dejado los chubascos de la tarde. Surfeábamos la 13 a hacia lo desconocido, a la Bogotá profunda que todavía hoy navega en mi memoria.
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