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Daniel Schwartz
Puntos de vista

Las tradiciones que importan

Nunca encontré mucho sentido en llamar “tibios” a aquellos que no comulgan con las propuestas de Gustavo Petro ni con las del que diga Álvaro Uribe. Agradezco que ese calificativo ya no resuene con tanta fuerza como antes, que ya no exista esa reducción facilista que nos impidió a muchos comprender la naturaleza del centro político. Para mí, “tibio”, además de un calificativo burlón que describe a quienes no promulgan con Petro, es aquel que no sabe qué decisión tomar porque ve cosas buenas en ambos extremos, alguien que puede ser frío o caliente, y creo que ese no es el caso del centro en la política. Sergio Fajardo, considerado por muchos “el rey de los tibios”, tampoco es tal, sus posiciones nunca han sido temerosas; por el contrario, ha sido intransigente e inmutable, y su voto en blanco en la segunda vuelta de 2018 es prueba de eso.

Por eso agradezco que el concepto de tibieza cada vez haga menos ruido en nuestro argot político. Sin embargo, eso no significa que no podamos resaltar la torpeza política del denominado “centro” (sí, entre comillas). A diferencia de lo que podría ser un tibio, el centro es la negación total de los extremos. Y es en esa construcción identitaria a partir de la negación en donde veo su mayor problema: el centro en Colombia existe en tanto otro sea, y en la política, quien teme ondear sus propias banderas, pierde por aburrido y por inocente.

Esa negación que es el centro, al final, es una negación de la tradición política, es decir, una negación de la historia del país. Es creer que se puede hacer política sin banderas, sin historia, creer que los políticos pueden representarse a sí mismos y que no vienen de ningún lugar. Y ahora hemos visto que ese discurso, el de diferenciarse, el de desmarcarse en cuanto sea posible, ha llegado a su techo: los resultados de las elecciones para Congreso y consultas castigaron a quienes creen que en la política importan más las formas que el contenido. Estas elecciones fueron un nuevo castigo a la Ola Verde de 2010, que encontró un empujón en el ya desteñido Partido Verde. Fueron también un castigo a esa supuesta política de la renovación, la que hace las cosas de manera independiente, volanteando en las calles de las grandes ciudades. Un castigo de los electores a esa manera de hacer política que se cree original y modernísima, pero que ha demostrado, fracaso tras fracaso, que no sirve para llegar a la Presidencia, que no son suficientes la decencia y la honradez.

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