
No repetiré las inconfesables miserablezas que confesaron unos miserables convenientemente arrepentidos; y no las repetiré —no porque no deba hacerlo— porque, simplemente, son irrepetibles.
Creo, en cambio, que deberíamos grabarlas en los muros de nuestra vergüenza, que deberíamos enviar legiones de grafiteros para que pinten con sus aerosoles la ignominia de lo sucedido, que deberíamos esculpirlas en cada piedra de este territorio repleto de miserias, que tendríamos que encerrarnos en nuestras fronteras mentales y que no deberíamos volver a salir con la frente en alto, al menos durante una generación, o dos, o tres, que deberíamos trancar por dentro y botar la llave, ojalá al profundo lecho de algún río, para que nadie la encuentre jamás, podría ser en uno de esos cauces por donde bajan cadáveres, porque eso también pasa en este país: los cadáveres bajan por los cauces de nuestros ríos. Y nosotros solo los vemos pasar.
Cuánta pena siento, cómo decir que soy orgullosamente colombiano oyéndole a esos miserables lo que cuentan que hicieron en nombre de la patria, porque estaban debidamente uniformados, fuertemente armados e investidos de toda la autoridad que da el hecho de actuar en nombre de la patria.
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