
Nadie hubiera querido estar en el pellejo de los gobernantes que gestionaron la pandemia. Recordarán ustedes que fueron días muy extraños. Todo era nuevo y confuso. Nadie está preparado para encerrar a toda la población por meses, tener que apagar de un día a otro a las empresas, tomar medidas diarias con un alto grado de improvisación y recibir teorías de todo tipo de expertos y no expertos mientras la oposición hacía un festín con la catástrofe. Debió ser muy difícil, pero eso no borra la lista de algunas medidas absurdas y ridículas que ahogaron nuestras vidas.
Durante meses la gente debía trotar con tapabocas, se lavaban las llantas de los carros, los policías les incautaban la mercancía a los vendedores ambulantes, se abrieron primero las discotecas que los colegios, entre otras barbaridades. Decirlo ahora es fácil, pensará el funcionario. En parte tiene razón, pero también es cierto que envalentonados en sus equipos de asesores y epidemiólogos, hubo una intransigencia política e intelectual insoportable para abrirse a ponderar los costos y efectos no deseados de las medidas sanitarias. Llegamos al punto de dejar en el aire que lo grave no era morirse, sino morirse de covid.
Con ese espíritu de balancear beneficios y costos y de ser generosos con quienes se han sacrificado bastante en estos 25 meses, me parece justo que nos preguntemos por la obligatoriedad del tapabocas en interiores y, en especial, para colegios y trabajadores que tienen actividades físicamente agotadoras.
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