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Velia Vidal

Quibdó

A las cinco de la tarde los arreboles empiezan a lucirse en el occidente, y el Atrato que no se rinde ante nada, parece correr más lento y oscurecerse poco a poco, como rindiéndose ante la belleza, como ocultándose para que las miradas se alejen de él, que siempre es el centro, y se eleven al punto donde la selva se une con el cielo. En los últimos días a las cinco de la tarde se cierran las oficinas con afán, todos quieren llegar temprano a sus casas. No habrá quién compre los envueltos o los pasteles de las señoras que ofrecen sus productos en las esquinas de siempre. Ellas, que no conocen otra forma de subsistir, saldrán de todos modos a las calles, aunque también sientan miedo. Los estudiantes de la jornada nocturna extrañan los días de las clases por WhatsApp y, aunque el estudio sea su esperanza, permanecerán en sus casas atendiendo a llamados como el de la madre que prohibió a su hija ir a la universidad porque la prefiere “bruta que muerta”. En estos días, a las cinco de la tarde, no hay quien se detenga a apreciar el atardecer.

En Quibdó estamos aterrorizados y no es para menos; las amenazas a la población civil, los tiroteos y los asesinatos anuncian que las cifras de este año serán peores que las de 2021, cuando tuvimos una tasa de 106 asesinatos por cada 100.000 habitantes, como ya lo he mencionado antes en esta columna. Los hechos recientes han sido documentados por la prensa nacional rompiendo así, al menos en alguna medida, el silencio generalizado frente a la profunda crisis que se vive no solo en la capital sino en todo el departamento. Seguramente no pasará de ser la tendencia de Twitter por un par de horas, pero podría ser también el inicio de una conversación que debe ir más allá de las respuestas inmediatas.

Quibdó necesita una atención especial, un proyecto estratégico del orden nacional que incluya a los sectores público y privado, en el que se revise con detenimiento el curso de los procesos sociales, económicos y de orden público de los últimos 25 años. No se puede hablar del incremento desmedido en los asesinatos o del fortalecimiento de estructuras ilegales al margen de las olas de desplazamiento o las altísimas tasas de informalidad y desempleo. No se pueden revisar los muchos casos de extorsión sin considerar el indignante nivel de ingresos o las dramáticas cifras de informalidad laboral. Ninguno de estos análisis debería hacerse, además, alejados de la noción de racismo estructural. Seguramente habrá que considerar intervenciones inmediatas asociadas a la seguridad y a la atención de la crisis humanitaria, pero es indispensable pensar en el mediano y en el largo plazo en acciones afirmativas contundentes, como la presencia deliberada de compañías que generen masivamente empleos de calidad. Compañías que estén dispuestas a formar el capital humano, a sacrificar utilidad mientras el mercado responde, a adaptarse a las condiciones ambientales y a buscar siempre soluciones a los múltiples tropiezos que se pueden hallar aquí.

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