
El pasado 20 de abril tuve el privilegio de participar en un encuentro en el que uniendo voces creamos un mismo relato de resistencia. Para mí era importante participar en esa puesta en escena, mezcla de música y memoria porque, como dice Martha Nussbaum: “Hay dimensiones de la verdad a las que no se puede llegar a través de argumentos racionales en un mundo fracturado y que solo el arte logra pasar todas las paredes y sacudir todos los fragmentos”.
El concierto organizado por César López y en el que como parte de un colectivo con un propósito común, participaron Jineth Bedoya, símbolo de la lucha contra la violencia sexual; líderes sociales como José Edier Solís del Cauca; músicos activistas como Leonard Rentería de Buenaventura o Diana Avella, un miembro de la guardia indígena; Luz Marina Bernal, madre de Soacha; y otras madres de hijos asesinados por balas del Estado en el paro nacional, Pacho de Roux, Ricardo Silva, entre otros, no solo me llenó de energía, sino que también fortaleció mi esperanza en Colombia. El concierto fue el reflejo del dolor acumulado en los últimos 40 años de terror estatal en Colombia, pero también una expresión de fuerza, amor y dignidad.
Colombia es un país que lleva décadas y décadas sufriendo una guerra brutal, por eso no es de sorprender que esté fracturado y polarizado y que su sociedad tenga una mayor propensión a ser manipulada a través del terror y el miedo.
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