
La llegada del ingeniero Hernández a segunda vuelta nos descolocó a todos. Nadie lo vio venir. Pero tampoco podrá decirse que fue un tobogán de opinión que en dos meses irrumpió sin que se pudiera detectar. Ya en la encuesta de Invamer, de noviembre de 2021, Rodolfo Hernández marcaba 13,8 por ciento (la mitad de su votación final) y estaba a cuatro puntos de Fajardo que era el segundo. Hace rato había señales de que “algo” pasaba ahí y en últimas, se tendrán que pegar cabezazos en la pared los de Fico y el Pacto Histórico por subestimarlo y dedicarse solo a sacarse sangre entre ellos.
Llegó un jugador que no estaba ni en los cálculos de los partidos políticos, que llevan semanas moviendo ficha a ver cómo caen parados con el nuevo poder. Rodolfo, como están las cosas, hoy es el favorito para reemplazar a Iván Duque y de lo que hemos visto no ha construido el andamiaje necesario para semejante empresa. Llega con un programa muy frágil, sin estructura, sin alianzas políticas y con un gasto de campaña muy inferior al de sus rivales. Fue un cachetazo para el sistema político y para el círculo rojo de la opinión pública. La contracara de eso es que podría ser un presidente sin compromisos previos, cuentas por pagar y con libertad para hacer su gabinete.
Pero acá lo interesante es averiguar qué pasó. ¿Por qué después de años de campañas, cientos de horas en medios y sabrá Dios cuántos cafés entre líderes del “centro”, Rodolfo logró ser la carta ganadora de quienes buscan un refugio lejos de Uribe y Petro? ¿Será eso lo que hermanó a sus votantes, mostrarse como una cara amable y con un mensaje simple que no estaba comprometido con ninguna de las dos grandes fuerzas políticas del país? Plantear la pregunta es algo que me pide el cuerpo.
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