
Elegiremos entre el odio y el miedo. No es un panorama alentador. Pero es lo que hay.
El odio es a Gustavo Petro, en general por su pasado guerrillero, por su militancia en el M, el grupo que atacó al Palacio de Justicia, esa herida que permanece abierta y que difícilmente cerrará. Por lo menos en los próximos 50 años.
El miedo es a Rodolfo Hernández, en general por su carácter descontrolado, explosivo, visceral, el típico energúmeno que insulta por teléfono al que le lleve la contraria y está listo a irse a los golpes, de ser necesario.
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