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Daniel Schwartz
Puntos de vista

El nuevo Sancocho Nacional

Nuevamente el país habla de un Acuerdo Nacional. Quienes apoyamos la candidatura de Gustavo Petro supusimos que su gobierno la tendría difícil, que los sectores retardatarios le harían la vida imposible tanto en la opinión pública como en el Congreso, donde harían triquiñuelas para que ninguna de sus propuestas pudiera ver la luz. Sus ahora opositores, por el contrario, temían que Petro fuera a hacer y deshacer a su antojo. Salvo alguno que otro profeta que dice “se los dije” cuando ya todo ocurrió, nadie previó que Petro lograra en apenas una semana las mayorías en el Congreso. Hoy se habla de un gran acuerdo nacional –¿un Pacto Histórico?– entre todos, o casi todos los sectores políticos.

Esta idea de hacer un gran diálogo nacional no es nueva, y en Colombia, país herido por la guerra, hemos tenido una larga trayectoria en la búsqueda de consensos. Entre los más recientes está el Frente Nacional, que logró mermar la violencia bipartidista, pero generó nuevas formas de violencia más profundas y dolorosas. Fue quizá la Constitución de 1991 el primer gran acuerdo nacional que fue más que un mero pacto entre las élites. Sin embargo, seguimos luchando porque ese gran acuerdo entre en vigor. En sus años postreros, Álvaro Gómez buscó eso que llamó el “acuerdo sobre lo fundamental”, pero él, eterno perdedor, jamás pudo hacerlo realidad desde la presidencia. El gobierno de Juan Manuel Santos también lo intentó: el acuerdo de paz con las Farc es más que una simple desmovilización, es un gran acuerdo en el que se propone un país diferente. Santos se encontró, lamentablemente, con una extrema derecha fuerte que se opuso y torpedeó, hasta el día de hoy, el cumplimiento de los acuerdos.

Petro iniciará su gobierno con una extrema derecha derrotada y con su máximo líder convertido en un hombre débil, cansado y con ánimos de conciliar, aparentemente. Los sectores políticos tradicionales tampoco brillan con la grandeza de antaño: liberales y conservadores, Cambio Radical y el Partido de la U han renunciado a ganar las elecciones presidenciales, pues en su afán por conservar el poder en el Congreso prefieren aliarse al gobierno de turno y no enfrentarse a una inminente derrota en las urnas. Estos políticos tradicionales –y con “tradicionales” no me refiero al adjetivo burlón que nos quiso vender Rodolfo Hernández– parecen viejos burócratas que guardan silencio detrás del escritorio, trabajan poco y prefieren no contradecir al jefe. Dejaron de lanzar candidatos, de aspirar a grandes cosas, renunciaron a su propia ideología por el deseo simple y mezquino de conservar el poder.

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