
Llevo demasiado tiempo viendo de primera mano o escuchando a través de otras, historias sobre diversas formas de acoso de profesores hacia estudiantes. Son demasiadas. Y antes de que alguien salte a decir que también pasa con las profesoras mujeres, de una vez advierto que jamás he escuchado un caso de esos y si se ha presentado, frente al mar de casos que involucran a profesores hombres, el asunto es evidentemente una excepción a la regla. Repito, he pasado mi vida entera en universidades, en Colombia y fuera del país, y me alarma observar que no hemos podido erradicar con contundencia esa práctica de nuestras instituciones.
Y ya que estamos en lo que salir de los argumentos fáciles para poder dar una discusión tan importante con toda la seriedad que amerita, también dejemos claro que esa letanía según la cual la mayoría de veces las acusaciones son falsas y por eso no es una práctica sana creerles a las víctimas, es un argumento falaz. Para mi pesar, las falsas acusaciones constituyen también notables excepciones a la regla. El costo de hablar es demasiado alto como para incurrir en él diciendo mentiras. Esto lo saben bien las víctimas.
Se preguntará el lector entonces, ¿por qué un salón de clases es un lugar tan propicio para que el acoso tenga lugar con tanta frecuencia? y, digámoslo ya, ¿con tan altísimos niveles de impunidad?
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