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Federico Díaz Granados
Puntos de vista

La guerra y los sueños

Hace unas semanas tuve un sueño muy real. Lo viví con intensidad y desperté un poco ansioso y agitado, pero, por fortuna, en mi cama y en mi casa. El sueño, con su habitual surrealismo lleno de simbologías y cargado de contenidos latentes y manifiestos y atravesado con algunas narrativas reales del día ocurría en la Franja de Gaza. Yo me encontraba solo, alojado en el piso más alto de un hotel. Luego de un fuerte bombardeo me asomaba a la ventana y veía una inmensa ciudad destruida, incendiada y vacía. Por un instante, en el sueño, parecía que yo era el único habitante de ese lugar o el último hombre sobre la faz de la tierra. Sentí allí mucho miedo y soledad. Impotencia y fragilidad. Apagaba la luz porque sentía que quedaba expuesto y como blanco fácil de cualquier misil. No me quedaba otro remedio que esconderme y resguardarme debajo de la cama y esperar a que en cualquier momento ocurriera la explosión y la muerte.

Desperté y acudí a mis precarios recuerdos de algunas lecturas sobre psicoanálisis e interpretación de los sueños. Un psicoanalista amigo, de línea junguiana, experto en explorar la mente a través de los arquetipos, la cosmogonía y la imaginación para llegar al equilibrio emocional, me dijo que “los sueños son el GPS de cada uno”. Las primeras interpretaciones apuntaban que soñar con una guerra de esa magnitud revelaba la necesidad de resolver conflictos internos con mi entorno familiar o laboral. Otras conclusiones indicaban que podía tratarse de un profundo estrés o de percibir presiones en lo profesional o personal. Le comenté a una querida amiga y me dijo que ella venía soñando con alguna recurrencia con barricadas o trincheras o túneles de refugio o escape. Si bien la simbología de sus sueños era diferente, el contenido de fondo era el mismo de mi sueño.

Sentí en la conversación el cansancio, la impotencia y la sobrecarga de información violenta que recibimos cada día. Había hastío y mucha desilusión. El escepticismo era el asunto transversal del encuentro en el nos preocupaba de sobre manera que dicha sobrecarga, en vez de despertarnos como ciudadanos que hacemos parte de una sociedad, nos anestesie frente a la empatía y la solidaridad. Siento a muchos amigos cercanos, de diferentes lugares del mundo, resignados o indiferentes frente a las tragedias nacionales y los grandes conflictos mundiales. Y no es que no tengan sensibilidad social, sino que ver la misma película repetida tantas veces durante toda una vida aburre, decepciona y entristece.

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