
Ayer domingo 19 de noviembre estuve escuchando todo el día rock argentino. Era una forma de ponerle una banda sonora a una expectativa e incertidumbre. Las canciones sonaban aleatoriamente en el Spotify y regresaban por un instante aquellos años de la formación sentimental. Porque sí, muchas de esas canciones fueron las responsables de los primeros amores y, también, de algunas de las primeras comprensiones de la política continental. Amor, lealtad y protesta tuvieron cientos de sinónimos en aquellas letras que hacen parte indeleble del cancionero de mi vida.
Conseguí, a finales de los años 80, en el puente de la Universidad Nacional sobre la carrera 30 y en la entrada del túnel peatonal de la Universidad Javeriana algunos casetes piratas de Sui Generis y Charly García. Eran unos casetes de fondo blanco, de sesenta o noventa minutos, que incluían algunos de los grandes éxitos que quedaron para siempre en la memoria. La delicada voz de Nito Mestre me reveló el estado de ánimo de toda una generación en Argentina y Rasguña las piedras, Necesito, Quizás por qué, Confesiones de invierno, Mariel y el capitán eran, de alguna forma, himnos que representaban una época marcada por los horrores de la dictadura.
Supe del peronismo, de la dictadura, de los desaparecidos, de las Malvinas y las madres de mayo por muchas de esas letras que han conformado en cancionero indeleble de mi vida. También he sabido, a través de algunas otras estrofas del llamado Rock nacional, de los mundiales del 78 y el 86 y de la algarabía que eso produjo en todo un país.
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