Hace tres días anunciaron los ganadores regionales del Premio Nansen, que entrega la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur) desde 1954, para honrar y reconocer a individuos, grupos u organizaciones que hacen cosas extraordinarias para proteger a las personas refugiadas, apátridas y desplazadas internas. La ganadora de este año para las Américas fue Elizabeth Moreno Barco, a quienes todos llamamos Chava, una mujer excepcional, cuyo trabajo por las comunidades del Chocó se ha vuelto indispensable; una lideresa incansable, consistente, transparente, que se ha hecho a sí misma a pulso y nos inspira todos los días.
Chava se conoce cada meandro del río San Juan, lo ha recorrido de arriba abajo en todas las direcciones, con sol o lluvia, en las épocas pacíficas o en las del más crudo conflicto. Ella es estuarina, como yo, nació en Togoromá, una de las bocas por las que el gran río sale a buscar al Pacífico, y ella tiene el carácter de ese litoral, es fuerte, valiente, y ha puesto toda esa valentía al servicio de nuestras comunidades.
Es madre de cuatro hijos, fue madre comunitaria y después se hizo madre de ese territorio. Esa entrega absoluta al servicio, la llevó a convertirse en la primera mujer representante legal de un consejo comunitario de comunidades negras, y no de cualquiera, sino del segundo más extenso de Colombia, el Consejo Comunitario General del San Juan (Acadesan), donde fue reelegida por unanimidad y estoy segura de que hubiera seguido siendo reelecta; pero ella, recta y transparente como es, no quebrantaría los acuerdos y reglamentos de la organización que ha llevado a crecer y a consolidarse como uno de los más importantes procesos organizativos étnico territoriales de nuestro país.
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