
Se cumplen cinco años de uno de los hechos más vergonzosos en la historia del fútbol suramericano. La Copa Libertadores tuvo como finalistas a River Plate y Boca Juniors, algo comparable con una final de Champions League entre el Barcelona y el Real Madrid. El mundo entero estuvo pendiente del partido, era el momento para mostrar que, al contrario de lo que muchos pensaban, el fútbol suramericano no estaba en declive. Como era de esperarse, no se aprovechó tal oportunidad; la historia reciente ha demostrado que depender de la Conmebol no augura los mejores resultados.
El partido de ida, en La Bombonera ‒estadio de Boca‒ quedó 2 a 2 sin mayores problemas de orden público. El lío ocurrió antes de jugarse el partido de vuelta. En el estadio Monumental de River, hinchas del equipo local agredieron el bus del rival y no se pudo jugar, el que para muchos era el partido más importante en la historia, cuanto menos, del fútbol argentino.
La determinación sobre dónde se jugaría llegó después de un mes de leguleyadas insulsas y negociaciones de ida y vuelta en la Conmebol; tienden a ser lo mismo. Se decidió jugar el partido en el estadio Santiago Bernabéu del Real Madrid. Lamento si llegaron a esta parte de la columna con mejores expectativas, pero la confirmación de la caída del nivel de los clubes del fútbol suramericano se dio desde ese preciso momento: jugar la final de un torneo que alguna vez se llamó la ‘Copa Libertadores de América’ en Madrid ‒en el estadio del equipo que representa el imperio del fútbol‒ fue, como mínimo, la creación de un oxímoron.
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