
Me he preguntado muchas veces cuál es la causa profunda del desplome de la popularidad del presidente Petro. La explicación más plausible que he podido encontrar es su chocante manera de gobernar que, en vez de la sindéresis que cabría esperar de un buen gobernante, consiste en una permanente catarata de trinos y de anuncios, de peleas urbe et orbi, y de reflexiones sobre una peculiar visión que cree incontrovertible del mundo, que muy pocas veces se transforman en realidades tangibles de política pública.
Este estilo de gobierno genera frustración y decepción. La gente va entendiendo a medida que pasan los días que el 95 por ciento de las cosas que dice o propone Petro nunca se llevarán a la práctica. Que casi todas son meras bravuconadas con aquellos que se atreven a contrariarlo, o simples volutas de humo que nunca se concretizarán en nada concreto.
Esta percepción va erodando el peso de la palabra presidencial que termina cayendo en la incredulidad. Allí radica la explicación más plausible a mi entender del tremendo derrumbe de la aceptación de Petro en las encuestas.
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