
Acabo de asignar para una de mis clases un artículo reciente de Stephen Kotkin, que justamente sostiene que la Guerra Fría realmente nunca terminó. Entre otros argumentos, Kotkin sugiere que todos cometimos el error de asociar la disolución de la Unión Soviética con el final de las tensiones entre Este y Oeste. Y como dice el viejo y conocido adagio, una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa. La implosión soviética, ya lo sabemos, no terminó con las pretensiones de lo que hoy conocemos como Rusia y las tensiones entre ese país y Occidente siguen existiendo y operando bajo lógicas muy parecidas.
En un mundo que se transforma tan rápidamente, nos hemos acostumbrado a ponerle mucho cuidado a la dinámica y magnitud de los cambios y hemos descuidado la observación y el análisis de las continuidades. Es por esa razón, diría Kotkin, que no entendimos que ese interregno entre finales de la década de los ochenta y comienzos de la de los noventa del siglo pasado, fue más bien un paréntesis y que no significó de ninguna forma que Rusia estuviera dispuesta a darse por vencida en sus intentos de ser y comportarse como una potencia internacional.
Parte de lo que nos hizo perder de vista la dimensión de las importantes continuidades, tuvo que ver con lo fuerte que fue el grito de victoria estadounidense una vez se disolvió la Unión Soviética. Francis Fukuyama, incluso, habló del final de la historia y se presumió que el capitalismo y la democracia habían triunfado definitivamente sobre el comunismo. El problema es que en el centro de la tensión no estaba necesariamente la disputa ideológica. Aunque las diferencias de modelos no eran completamente irrelevantes, lo que enfrentaba a Estados Unidos y la Unión Soviética era el poder y la influencia a nivel global. Básicamente, lo mismo que los enfrenta hoy.
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