
Cada día los medios de comunicación de todo el mundo centran sus noticias en acciones humanas vinculadas con el mortífero uso de las armas. Son noticias que nos hablan del envío de inmensos lotes de sofisticados artefactos destructivos por parte de aquellos Estados involucrados en la guerra entre Rusia y Ucrania. Otras informaciones registran las periódicas matanzas que cometen individuos alucinados en las escuelas y sitios de trabajo en los Estados Unidos. Estos sucesos dolorosos han perdido su carácter extraordinario en la medida en que la humanidad contemporánea pierde también su capacidad de asombro. Ello nos muestra cómo las armas junto con otros artefactos fluyen de manera incesante y cotidiana, como los alimentos, en el circuito de las cosas del mundo
Colombia no es la excepción. A través de décadas de violencia y del auge de los cultivos ilícitos el país ha sido percibido como un destino que dispone de un inmenso mercado de armas. Con frecuencia la atención oficial y ciudadana se centra sobre la estructura de los grupos armados y mucho menos en la dinámica creciente del comercio de este tipo de artefactos letales”. Al respecto Indepaz ha señalado que “el control de las armas de fuego es clave en la discusión sobre seguridad y convivencia, pues las armas no solo sirven para cometer homicidios, sino que tienen un efecto multidimensional, como la intimidación y la amenaza”. Para este ente de investigación “la visión de la cadena completa —desde el mercado, pasando por la oferta, comercialización local, internacional y los distintos tipos de consumidores— es un ejercicio pendiente.
Una secuela de nuestro prolongado conflicto ha sido la existencia de vastos campos minados que afectan tanto a militares como a la población civil. La naturaleza y agencia de las minas merece una atención especial. Como todas las cosas del universo estas no tienen una existencia aislada porque dependen siempre de los humanos, aunque también necesitan de otras cosas, de sustancias y seres.
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