
Las sociedades avanzan y retroceden. Hay periodos de contracción y también de expansión. Hay fases de avance democrático y otras de auge del autoritarismo. La esperanza es que la sumatoria de los ires y venires deje siempre a la sociedad un paso más adelante en su felicidad y en su bienestar. Desafortunadamente, no siempre es así. La inmensa mayoría de los que votamos creemos que le estamos apostando a que las cosas van a estar mejor. Aun así, a pesar de las mejores intenciones de los electores, a veces se obtienen los peores resultados.
En el caso de la elección de Gustavo Petro, los diez millones y pico que votaron por él no solo lo hicieron simplemente para que las cosas mejoraran. Lo hicieron para que las cosas cambiaran. La gente le apostó a una revolución, a un cambio profundo en todos los órdenes de la vida nacional. Los proyectos transformacionales llegan al poder solo de vez en cuando. A veces en el momento correcto y con resultados maravillosos, como es el caso de la elección de Franklin Delano Roosevelt y Alfonso López Pumarejo. ¿Será este el caso de la revolución de Petro?
Para entender este gobierno hay que partir del hecho de que para Petro no es suficiente mejorar las cosas, es necesario cambiarlas a toda costa, aún sin una evaluación concienzuda y profunda de las consecuencias a largo plazo. Esa fruición por mostrar cambios -no importa cuáles sean- no es el resultado de una concepción integral de transformación sistémica. Las propuestas del gobierno responden a los estereotipos de lo que coloquialmente significa el cambio para las audiencias que conforman su electorado. De allí las profundas contradicciones entre los supuestos objetivos de cambio que se pretenden alcanzar y las reformas y las políticas públicas que ha puesto en marcha.
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