
En un país tan presidencialista como el nuestro, un discurso del primer mandatario ha sido una carta poderosa y útil para provocar un golpe de efecto en la temperatura social. Es un recurso muy valioso que tiene un gobierno. Todos los mayores de treinta años sabíamos que “cuando el presidente se dirigía a la nación” se trataba de algo delicado. Nos gustara o no, lo que se iba a decir tenía un peso propio. Un vértigo natural.
Lo que está pasando hoy con la palabra presidencial es lo que le sucede a todo lo que se vuelve abundante y común: pierde valor. Hoy que padecemos una pegajosa inflación de dos dígitos que se resiste a bajar, casi todos pensamos que los precios suben a un ritmo muy rápido. Vemos al comerciante remarcar comida cada quince días y pensamos que “la papa es más cara”. Pero no, lo que sucede es que el peso pierde valor y poder de compra frente a la papa. Cada mes necesitamos más pesos para comprar el mismo kilo de papa.
La inyección de una cantidad extraordinaria de pesos entre 2020 y 2021 ha provocado que la moneda pierda valor respecto a otros bienes y ahora andamos en la tarea de drenar ese exceso de pesos.
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