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Juan David Correa
Puntos de vista

Fahrenheit 451

Se trataba de dividir el átomo y crear, mediante una explosión masiva, una conflagración que, en opinión de algunos de los científicos reclutados por el doctor J. Robert Oppenheimer, podría incendiar la atmósfera y acabar con el planeta. Oppenheimer había sido contactado por el general Leslie J. Groves, en 1942, para la elaboración de un mecanismo de destrucción capaz de contrarrestar los empeños nucleares de Alemania y la Unión Soviética, en plena Segunda Guerra Mundial.

Ese mismo año, el escritor Ray Bradbury escribió el primer buen cuento de su vida, según él mismo. Se llamó El lago. Tras diez años de intentos fracasados, de repente su mundo interior se había iluminado. Escribió el relato al aire libre, sentado en su jardín, tras una hora de intensa conexión con ideas que eran legado de su primera infancia, cuando su madre lo entraba a escondidas al cine y lo llevaba con frecuencia a la biblioteca pública.

En agosto de 1945, el ominoso mes en que detonó la bomba atómica sobre las poblaciones de Hiroshima y Nagasaki, acabando con la vida de al menos 220.000 personas, Oppenheimer supo que sus dudas y temores, y las de algunos científicos de su equipo, eran reales. La potencia nuclear del horror la observaron con sus propios ojos cubiertos con lentes oscuros el 16 de julio de ese mismo año cuando hicieron una primera detonación a la que llamaron Trinity, bautizada de tal manera, según le dijo el científico al general en 1962, por un poema del metafísico John Donne que lo rondaba desde que había conocido a su amante Jean Tatlock, una psicoanalista y activista de izquierda, cuyo primer verso dice: «Apalea mi corazón, Dios de tres caras».

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