
¿Acuerdos entre la crisis económica, violencias y degradación ambiental?
Casi a diario llegan imágenes de sensores remotos, evidenciando los nuevos registros de temperaturas máximas en el planeta, tanto en espacios continentales como marinos. Una cierta sensación apocalíptica se acentúa cuando se suman otros registros: el consumo de energía, consumo de no renovables, incendios, inundaciones, pérdida de bosques y biodiversidad, islas de basura marina, y cientos de indicadores más.
Haciendo un cambio de escala de análisis y revisando los datos del estado ambiental de los diferentes territorios y ecosistemas en Colombia, me encuentro con un escenario preocupante, en especial en aquellas zonas donde confluyen las violencias armadas y las zonas más sensibles ambientalmente. Al hacer combinaciones de la cartografía disponible entre ecosistemas en riesgo y sensibilidad al cambio climático, con las variables de uso del suelo y conflicto armado, encontramos señales de urgencia.
Situándonos entre La Guajira y el Alto Cesar, su vulnerabilidad al cambio climático es extrema, y las alarmas con los efectos del Niño ya han sido advertidas por el actual gobierno. La pérdida de bosque seco y de disponibilidad de agua superficial y un desarrollo minero con futuro incierto y pasado con sombras, impactos heterogéneos y conflictividad social, problemas de seguridad alimentaria y conflictos entre los modelos de desarrollo con las comunidades wayuu son el telón de un territorio donde los grupos armados, de origen político o no, han perdurado por décadas.
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