
En estos días de contrastes, leía sobre el debate generado por un proyecto de ley presentado en el Congreso colombiano, en el que, desde las huestes animalistas, se pretendía regular el uso de animales en los procesos de investigación, pretexto de evitar el maltrato animal.
Una reacción masiva de diferentes gremios de científicos, investigadores y profesionales de ciencias ambientales, desnudó las falencias del proyecto. Desde diferentes ópticas, uno a uno, los artículos del proyecto, fueron siendo debatidos públicamente, señalando las implicaciones que este tenía, sobre la investigación, la salud pública, la información básica para la toma de decisiones, la conservación de la biodiversidad, en fin, todo un universo de dimensiones que estaban siendo afectadas con la redacción del articulado del mencionado proyecto.
Pues bien, finalmente, como consecuencia de esta avalancha de reacciones, y la disposición de su autor a establecer un diálogo más constructivo, el proyecto fue retirado. Aún estaban los gremios ambientales y de investigadores en éxtasis, inclusive con artículos internacionales que daban cuenta del exitoso fenómeno, cuando se reportó la existencia de otro proyecto, presentado aparentemente en la misma dirección del anterior, con los mismo sesgos y ausencia de información sustentada en ciencia para sus postulados.
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